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BIOGRAFIA AGUSTIN CODAZZI

Estudio y Recopilacion Realizado por Jose Soto Avila, Investigador acreditado de la Biblioteca Nacional de España y Archivos de Colombia.

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Imagen en miniatura - Plano de la ciudad de Lugo de Romagna en 1684
Plano de la ciudad de Lugo de Romagna en 1684
Imagen en miniatura - El castillo de Lugo, símbolo de la ciudad. Aguafuerte
El castillo de Lugo, símbolo de la ciudad. Aguafuerte
Imagen en miniatura - Alegoría de la situación política de Francia bajo el Antiguo Régimen
Alegoría de la situación política de Francia bajo el Antiguo Régimen
Imagen en miniatura - Consigna revolucionaria en una ilustración de la época
Consigna revolucionaria en una ilustración de la época
Imagen en miniatura - La guillotina en acción durante el periodo del Terror
La guillotina en acción durante el periodo del Terror

Nacimiento de nuestro héroe

Giovanni Battista Agostino Codazzi nació en Lugo, “Legación” de Ferrara, en los Estados Pontificios, el 12 de julio de 1793. Fue bautizado al día siguiente, el mismo sábado 13 en que Charlotte Corday, la joven petite-nièce de Corneille, asesinara a Marat: una coincidencia en cierto sentido premonitoria, si reparamos en el influjo que las secuelas de la Revolución Francesa ejercerían sobre el destino del recién nacido.

De hecho, Agustín Codazzi vio la luz en un momento en el cual para su familia, así como para su ciudad e Italia entera, se asomaba –justamente a raíz de los acontecimientos transalpinos– un periodo de dramáticos trastornos. De haber llegado al mundo sólo pocos años antes, opina Manuel Ancizar, «probablemente habría recibido una educación monacal y llegado a ser un Prelado de algunas de las innumerables órdenes religiosas que plagaban a Italia», pero un móvil inescrutable hizo que llegara al mundo por los años en que los bonetes eran suplantados por los gorros frigios.

Situación de Italia

Lejos de constituir un estado moderno y unitario, en 1793 Italia era apenas una «expresión geográfica». Esta brutal apreciación del príncipe de Metternick (formulada en Viena en 1815) reflejaba una circunstancia real, es decir, el estado de crónica sumisión y fraccionamiento territorial de la península. En efecto, dentro de sus límites naturales coexistía un aglomerado de estados grandes y pequeños. El reino de Cerdeña, los dominios papales y el reino borbónico de las Dos Sicilias constituían las entidades mayores. Seguían los ducados de Parma y Plasencia –también de los Borbones–, el minúsculo principado de Piombino, el ducado estense de Modena, estrictamente ligado a los Habsburgo, y el granducado de Toscana, gobernado por un archiduque de Austria. Primeras por antigüedad y glorioso pasado, venían después las repúblicas oligárquicas de Venecia y Génova, a las cuales se sumaban las de Lucca y San Marino. Completaban el cuadro los ducados de Milán y Mantua, eso es, la región lombarda, bajo dominio habsburgico.

A tanta fragmentación correspondía una igual complejidad de situaciones sociales, políticas y administrativas. A pesar de los cambios introducidos por algunos de los gobiernos peninsulares a partir de 1748 –un programa “progresista” inspirado en las teorías filosóficas y humanitarias difundidas por el Enciclopedismo–, las libertades civiles y políticas seguían siendo escasas. Por demás, las reformas (especialmente económicas) habían suscitado reacciones encontradas. En efecto, a diferencia de la burguesía ilustrada, las masas populares se acogieron al nuevo rumbo con indiferencia o incluso con hostilidad. Empero, las medidas destinadas a causar no sólo incertidumbre sino también oposición y tumultos, fueron las de carácter eclesiástico –adoptadas en pos del abatimiento de los privilegios curiales y la secularización de la vida pública–, interpretadas por la plebe como un atentado en contra de la religión católica.

La postura santurrona y conservadora del campesinado y del proletariado (particularmente acentuada en los estados pontificios y en el reino de las Dos Sicilias, donde el clero y la aristocracia se encargaban de soliviantarla) se hizo aún más evidente cuando en la península, a raíz de la Revolución del '89, se verificaron las primeras conspiraciones jacobinas. Lejos de dejarse arrastrar por la llamada revolucionaria, las masas populares se hicieron paladinas del orden establecido y en especial del clero, hasta el punto que en Roma –precisamente en 1793– se volcaron a la calle gritando «¡Viva San Pedro!», y masacraron a un agente diplomático francés.

Situación en Lugo

Tampoco en Lugo cundían las simpatías jacobinas. Y con razón. Con sus ocho mil habitantes y una economía agrícola y manufacturera floreciente, la ciudad de Codazzi –que no en vano pertenecía felizmente al Estado de la Iglesia desde 1598– podía considerarse un bastión papista. No se trataba de un caso aislado. Incrustados en la planicie romañola, existían otros pequeños centros productivos y comerciales similares a Lugo, igualmente laboriosos, prósperos y “sanfedistas”, más atentos al culto del santo patrono que al fermento de ideas y a las transformaciones suscitadas por «el soplo borrascoso y purificador de la Revolución». Sin embargo, con su famoso mercado de los miércoles y su feria anual, así como con su intensa vida religiosa y cultural, Lugo era considerada la capital de la baja Romaña.

Doménico Codazzi: el padre

Entre aquellos que a las sugestiones jacobinas prefirieron la inveterada protección del Papa, debe enumerarse a Doménico Codazzi, el padre de Agustín. Tanto las Memorias del cartógrafo, donde sus padres son calificados de «honestos y virtuosos», así como otros testimonios coinciden en que Doménico era «un hombre... de costumbres muy piadosas», habituado a aplicar al pié de la letra las palabras del evangelio «en todas sus acciones». Manuel Ancizar, que recogió no pocas confidencias del jefe de la Expedición Corográfica, anota en propósito que Doménico Codazzi, a más de ser una persona sencilla y honrada, se daba por satisfecho «con pertenecer a la principal cofradía religiosa del lugar».

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Imagen en miniatura - La carroza que transporta al papa Pío VII sufre un aparatoso accidente
La carroza que transporta al papa Pío VII sufre un aparatoso accidente
La carroza que transporta al papa Pío VII sufre un aparatoso accidente
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Imagen en miniatura - Encuentro de Napoleón Bonaparte con el papa Pío VII
Encuentro de Napoleón Bonaparte con el papa Pío VII
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Reconstrucción histórica del saqueo de Lugo por Gianfranco Rambelli, cronista de Lugo
Imagen en miniatura - Escena de insurgencia en un grabado de la época
Escena de insurgencia en un grabado de la época

Preludios

En abril de 1796, cuando Napoleón Bonaparte emprendió la Campaña de Italia, Agustín Codazzi no había cumplido aún los tres años, una edad demasiado temprana para que pudiera retener alguna impresión de las gestas del ‘corso’. Sin embargo, a pesar de su inadvertencia, la razón por la cual el futuro cartógrafo no recibiría una educación monacal, ni llegaría a ser un prelado, radica principalmente en el éxito arrollador de aquella empresa; no por último porque –como anota Ancizar– las victorias napoleónicas «hicieron caer por todas partes los antiguos Seminarios teológicos, organizándose en su lugar Escuelas militares». Un efecto aún más decisivo lo tuvo el “saqueo de Lugo”, un feroz escarmiento con el cual –siempre en 1796– las tropas napoleónicas quisieron punir la actitud antifrancesa de ese baluarte papal.

En 1793, cuando nació nuestro héroe, para los habitantes de la bassa romañola la Revolución seguía representando un asunto teórico, inquietante mas no apremiante, que podía conjurarse insultando a los jacobinos locales, suprimiendo a los emisarios de la República... o apelando directamente al santoral. Pero, tres años más tarde, al compás de los tambores de l'Armée d'Italie, las “Legaciones” se vieron enfrentadas a un asunto tan concreto como podía serlo la ocupación francesa. La reacción no se hizo esperar. Convencidos que Napoleón encarnara al Anticristo, los vecinos de Lugo se rebelaron contra los invasores .

Pero, ¿qué fue lo que realmente pasó?

El saqueo y la insurgencia

Ya hemos aludido al hondo y rancio apego de los romañolos al credo y la moral católica y a su consecuente hostilidad hacia el ideario revolucionario y republicano, especialmente en lo concerniente al ateismo y al anticlericalismo. Y bien, cuando el 22 de junio de 1796 se esparció la noticia del armisticio de Bolonia –mediante el cual el Papa entregaba las “Legaciones” a los franceses– en Lugo se pretendió desconocer la legitimidad del tratado, argumentando que había sido impuesto con la fuerza. La oposición fue creciendo en los días siguientes, en la medida en que se multiplicaban los abusos de la tropa francesa y se venía precisando la consistencia del impuesto de guerra requerido por los "liberadores" (el designio oficial de la Campaña era el de «apporter la liberté aux peuples de l'Italie»). Para colmo, la mañana del 30 de junio los lugheses llegaron a saber de dos nuevas y oprobiosas requisiciones, la primera concerniente a las alhajas y demás prendas femeninas, la segunda relativa –nada menos– a los aparejos sacros y a la propia, veneradísima estatua de Sant'Ilaro, el patrono de la ciudad.

Como era de esperarse, estalló la ira. Esa misma tarde un grupo de rebeldes, con el consenso unánime de la población, invadió el Municipio y otros edificios públicos, neutralizó a la policía, se apropió de las armas y recuperó la efigie de Sant'Ilaro. La guerra santa contra los «heréticos usurpadores» había comenzado, y sobre Lugo recaía el honor, y las consecuencias, de haberla declarado. Entre el primero y el cuatro de julio, los insurgentes rechazaron cualquier propuesta de arreglo pacifico, incluyendo el ultimátum del general Augereau. El día cinco los franceses emprendieron la "pacificación" militar de la ciudad, una operación que en apariencia no presentaba ninguna dificultad. Sin embargo, el pelotón encargado de la tarea fue atacado y diezmado por los alzados en armas, viéndose obligado a retroceder. La respuesta de la Armée no se hizo esperar, tal que el día seis una columna al mando del general Pourailly dio comienzo a la ofensiva. Pero, contra todas las previsiones, los rebeldes no sólo lograron repeler la embestida, sino que infligieron al enemigo durísimas perdidas. Entonces se movió el propio Augereau, al mando de ingentes fuerzas de infantería, caballería y artillería.

La batalla final duró varias horas, hasta tanto –al mediodía del siete de julio– las tropas francesas completaron la ocupación de la ciudad, no sin antes haberla insistentemente bombardeado. Siguieron las represalias, el saqueo, las ejecuciones sumarias y demás secuelas de una acción punitiva. Los soldados de Augerau se retiraron de Lugo la mañana del ocho, llevándose en veinte carros el botín del saqueo (incluyendo el busto del santo patrono y varias pertenencias de los Codazzi).

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Imagen en miniatura - Retrato de Napoleón Bonaparte, rey de Italia
Retrato de Napoleón Bonaparte, rey de Italia
Imagen en miniatura - Monedas de la época napoleónica
Monedas de la época napoleónica

Influido por Napoleón

Aunque no participase directamente en la ‘epopeya’ de Lugo, Doménico Codazzi resultó gravemente perjudicado por el desenlace de la revuelta. De hecho, la furia de los vencedores no perdonó la casa de Via Brozzi («que era muy grande y estaba ricamente amueblada»), la cual había pertenecido al padre de Doménico, de nombre Agustín, «un hombre rico... que tenía un negocio de sedas». Además, siendo que las desgracias nunca llegan solas, las consecuencias del saqueo no se limitaron al «tremendo despojo» y al incendio de la residencia, sino que con toda probabilidad causaron también el declino definitivo de la empresa de familia.

En fin, es probable que a raíz de los hechos del '96, para Agustín se esfumara tanto la eventualidad de llegar a ser prelado como la de ejercer la abogacía, dado que, si por un lado el torbellino revolucionario desencadenado por la campaña de Italia hizo que los seminarios se volvieran escuelas militares, por el otro el descalabro económico causado por las ‘jornadas’ de Lugo alejó la posibilidad que el nuestro llegase a la universidad.

Por una misteriosa cadencia, también 1799, al igual que 1796, fue un año crucial en la vida de Agustín: murió su madre, y su hermana Giannetta –que iba por los once años– tuvo que dejar la casa paterna. Pero, como ya había pasado en 1796, no fueron sólo ni principalmente de índole familiar los acontecimientos destinados a incidir en su futuro. Una vez más, la política francesa y los cálculos napoleónicos se encargaron de encauzar el porvenir de Italia y de Agustín, borrando las últimas esperanzas de un retorno al pasado. De hecho, si bien es cierto que entre 1799 y 1800, a raíz de la derrota de la Armée d'Italie, se verificara una momentánea restauración, justamente a finales de 1799 (el 18 de brumario) se produjo el golpe de estado con que Bonaparte detuvo por quince años las miras de los “nostálgicos”.

Situación en el Reino Itálico

En el curso del trienio 1796-1799, el cuadro político italiano había cambiado profundamente, no tanto porque a la injerencia austriaca hubiera sucedido a la francesa, sino porque la tutela transalpina, en cuyo manejo no dejaba de entreverse un rastro de fraternité, había permitido que sobre el suelo de la península se instituyeran repúblicas vasallas o, si se quiere, “hermanas”. A pesar de su limitada autonomía, los nuevos ordenamientos se inspiraban en los principios del '89, es decir, en cartas constitucionales que ofrecían (por lo menos en apariencia) amplias garantías a los demócratas y a los patriotas. Por consiguiente, éstos opinaban que por cuanto las repúblicas ‘Cisalpina’ y ‘Cispadana’ hubiesen nacido con el beneplácito o incluso por voluntad de Napoleón, cabía igualmente esperar que su creación constituyera el germen de una Italia unida e independiente.

Con el golpe del 9 de noviembre de 1799 Napoleón ascendió a Primer Cónsul. Seis meses más tarde, con la batalla de Marengo (14 de junio de 1800), reestableció el dominio sobre la Lombardía y las “Legaciones”. Finalmente, con la paz de Lunéville (9 de febrero de 1801) obtuvo que Austria reconociese el predominio francés en Italia. A confirmación del mote napoleónico que «las repúblicas se hacen con las armas» los estados “hermanos” de la península fueron reconstituidos en la estela de Marengo (julio de 1800), desconociéndose nuevamente, eso sí, las aspiraciones unitarias de los patriotas italianos. Menos de dos años después, en enero de 1802, sobre los despojos de la segunda república ‘Cisalpina’ fue instituida la ‘República Italiana’, bajo la presidencia del propio Bonaparte. Transcurrieron otros tres años antes que Napoleón, al coronarse rey de Italia en mayo de 1805, borrase la existencia de la ‘República’, y liquidase de paso los últimos vestigios de autonomía. (De hecho, como alguien amargamente anotó, de italiano el ‘Reino Itálico’ conservaba a duras penas el nombre).

Así pues, a los doce años Giovanni Battista Agostino Codazzi se volvió súbdito de Napoleón y del ‘Reino Itálico’, una condición –a sus ojos de adolescente– seguramente atractiva y excitante. De la animación que «los prodigios de audacia y de ingenio» de la edad napoleónica eran capaces de suscitar en un jovencito, podemos percatarnos a través de la lectura de Stendhal. Y bien, no nos asombraría que también Agustín, como Fabrizio del Dongo, viera «la imagen de Italia elevarse del fango... y tender sus brazos escuálidos, cargados aún con cadenas, hacia su rey y libertador».

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Imagen en miniatura - El colegio Trisi en un dibujo de Giovanni Bettazzoni
El colegio Trisi en un dibujo de Giovanni Bettazzoni

Lugo y Codazzi en 1805

A pesar del difuso y persistente sentimiento antifrancés, en Lugo no faltó de verificarse -especialmente entre los jóvenes- un progresivo desprendimiento del sistema de valores tradicionales. Así en la Romaña como en las demás regiones de la ‘República’ y posteriormente del ‘Reino’, a la mentalidad retrograda y oscurantista que vimos caracterizar a tanta parte de la población fue substituyéndose -no sin resistencias- una actitud más abierta y civil, en cuyos presupuestos filosóficos podía percibirse, a lo lejos, el reflejo de las adquisiciones del Siglo de las Luces.

Entre 1799 y 1810, Agustín Codazzi ocupó una de las plateas en las cuales el proceso en cuestión vino debatiéndose, eso es, la escuela pública. Por esos años, en ámbito educativo, las expectativas creadas por el ideario jacobino y liberal se vieron enfrentadas a la realidad de la política social francesa, a menudo incapaz o reacia a traducir en la práctica el programa revolucionario.

La educación en el Reino Itálico

A comienzos del siglo XIX, la población del Reino Itálico ascendía a unos seis millones de habitantes. De estos, un buen sesenta por ciento estaba constituido por las masas rurales. En el mismo periodo, los estudiantes universitarios no superaban -en todo el Reino- los mil, lo cual equivale a un porcentaje ínfimo. La población de las escuelas de enseñanza superior (sublimi) era igualmente reducida: poco más de dos mil estudiantes. Sin embargo, el dato más significativo concierne a los alumnos de las escuelas primarias (elementari) y secundarias (ginnasiali), quienes alcanzaban a duras penas los 95,000. En números tan modestos se reflejaba una situación social «en lenta transformación en las ciudades... e inmóvil en sus estructuras arcaicas en el campo», en cuyo ámbito la economía -especialmente ciudadana- languidecía, no por último en razón de la poquedad de las capas artesanales y manufactureras. De hecho, en los centros urbanos éstas no superaban mediamente el 10% de la población activa, una porción a la cual se sumaban, con un porcentaje análogo, los sectores comerciales. Ampliando el enfoque a la entera población del Reino Itálico, resulta que los estratos medios se situaban muy por debajo del veinte por ciento.

La educación en Lugo

Como ya observamos, los Codazzi, con su empresa familiar, debían caber en la capa media manufacturera. Ahora, en la primera década del siglo XIX, la industria y el comercio de la seda cayeron en una crisis tan grave, que alcanzó a comprometer el futuro del sector, arrastrándolo hacia un inexorable deterioro. En Lugo, como si fuera poco, el decaimiento de la sedería se vio anticipado -y a la postre acrecentado- por los hechos del '96, una circunstancia que no pudo no repercutir en las finanzas de Domenico. Por lo mismo, es de suponer que los Codazzi, entre 1796 y los primeros años de Mil ochocientos, transitaran de un estrato acomodado a otro mucho menos aventajado, pero igualmente comprendido en las capas medias. De hecho, el desmejorado nivel económico de nuestra familia no impidió que por lo menos el hijo varón fuera a engrosar la población escolar de Lugo, volviéndose parte de ese 1,52% de privilegiados que -en todo el Reino Itálico- llegarían a ser letrados.

Sin importar sus reducidas dimensiones, desde comienzo del siglo XVIII Lugo disponía de un envidiable conjunto de instituciones didácticas, a comenzar por el Colegio Trisi donde «a las escuelas de Gramática, Humanidades y Retórica... se fueron agregando una cátedra de Derecho civil y canónico y un curso superior de Filosofía». Tampoco faltaba la enseñanza de las matemáticas y las ciencias, a la cual se dedicaban los Jesuitas, mientras los Dominicos disponían de una propia cátedra de Teología dogmática moral «con privilegio de otorgar grados a guisa de Universidad». En vista de las desastrosas condiciones de la educación pública en los Estados Pontificios, el caso de Lugo era del todo anómalo, también porque los primeros niveles escolares, incluyendo los libros de texto, eran gratuitos. Sin embargo, mientras duró el gobierno papal, la escolaridad no fue reglamentada, de tal suerte que el acceso a la primaria podía darse indiferentemente entre los cuatro y los doce años de edad.

Trayectoria escolar de Agustín

Siendo así, puede suponerse que Agustín ingresara al Colegio Trisi hacia 1800, por los días en que en Lugo, con el reestablecimiento del dominio francés, recobraban actualidad las medidas anticlericales. Ese mismo año fue reanudada la reforma de la educación pública, un proceso destinado a prolongarse y enmendarse hasta después de 1805. El nuevo ordenamiento -que sin duda alcanzó a regir parte de la carrera escolar del nuestro- preveía dos ciclos de primaria, ambos de dos años, seguidos por cuatro años de secundaria. Luego, para los que quisieran llegar a la universidad o perfeccionarse en alguna área particular, se perfilaba un bienio de estudios superiores en liceos, escuelas especiales o academias. En el primer grado de primaria, el alumno, a más de instruirse en catecismo, aprendía a leer, escribir y efectuar las dos primeras operaciones aritméticas; en el segundo estudiaba fonética, ortografía y caligrafía, calculo, doctrina y educación cívica (ésta giraba alrededor de la máxima: «Honrar y servir al Emperador y Rey nuestro significa honrar y servir a Dios»). En cuanto al ciclo secundario, junto al de otras materias era obligatorio el estudio del latín y del francés.

Si bien no sea improbable que Agustín, en virtud de la originaria estructura didáctica del Colegio Trisi, siguiera un pensum en parte diferente, no hay razón de dudar que sus estudios se uniformaran sustancialmente al programa indicado. Así que de haber emprendido el primer ciclo a los siete años, es decir, en 1800, el futuro cartógrafo -presuponiendo un transcurso regular- podría haber terminado la escuela ginnasiale hacia 1809. En cambio, no debió concluir los estudios superiores.

 

mágenes

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Imagen en miniatura - Emblema de la Academia Militar de Módena
Emblema de la Academia Militar de Módena
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Cadete de la Real Academia Militar de Modena
Imagen en miniatura - Cadete de la Real Academia Militar de Modena
Cadete de la Real Academia Militar de Modena
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Ejercitación de artilleros en un dibujo de edad napoleónica

Emancipación de la familia

Independientemente del nivel alcanzado, los estudios de nuestro héroe –a lo largo de la etapa escolar debieron ser provechosos. En efecto, un aviso judicial redactado y firmado por Agustín en fecha 5 de marzo de 1810 (presente en copia en esta Exposición), revela que a los diecisiete años no cumplidos, el mismo Agustín actuaba como secretario o escribano del Juzgado de Paz de Lugo, «según acta de nombramiento del día 28 de Enero último n.35», un cargo que le autorizaba a desempeñar funciones oficiales de innegable responsabilidad.

Por lo que parece, pues, Codazzi supo capitalizar el privilegio –raro, como dijimos– de recibir una «educación adecuada» a un joven de seguro porvenir mas de precarios medios económicos. Probablemente consciente desde la mocedad de los sacrificios que sus estudios significaban para las desajustadas finanzas paternas, y no menos enterado del «futuro sustento» que Doménico le demandaba, procuró corresponder a las expectativas con el único medio a su disposición: un elevado rendimiento escolar; luego, tan pronto como los rudimentos aprendidos y la edad alcanzada lo consintieron, dio por terminada la etapa formativa y se inició al trabajo. Así pues, el hecho que a los dieciséis años obtuviera un cargo publico, no remite únicamente a una eficaz preparación escolar sino también a un prematuro recelo: la preocupación de no seguir pesando sobre el presupuesto familiar.

¿Fue esta misma aprensión la que empujó al joven Codazzi a dejar el liceo y a renunciar a la universidad? O ¿fue su espíritu de aventura el que de repente lo convenció a emprender la carrera militar?

A falta de pruebas contrarias, será oportuno ceñirnos al testimonio del propio Agustín:

...pero antes de terminar los estudios de filosofía fue creciendo en mi una inclinación, que me arrastraba desde la más temprana edad, a viajar y a seguir la carrera de las armas, un tipo de vida que, según me parecía, iba a permitirme surcar mares lejanos, ver remotas regiones, y las múltiples y grandes obras de la naturaleza de un extremo al otro de la tierra. No pudieron alejarme de tal propósito ni las circunstancias domesticas, ni los consejos paternos, ni el inevitable dolor de abandonar mi querida familia, ni los peligros de la guerra que ardía por toda Europa.

De hecho, en Julio de 1810, apenas cumplidos los diecisiete años, Agustín «se presentó como voluntario para ser enrolado en la Artillería a Caballo del Reino Itálico». Si bien el reglamento del Ejercito estableciera (para los artilleros) una edad mínima de dieciocho años, el nuestro, ya sea por unos antecedentes laborales que acreditaban su precocidad intelectual, ya sea por la condescendencia del jefe de reclutamiento del Distrito Militar de Bolonia, no sólo fue reclutado sino que logró acceder a la Escuela Teorético-Práctica de Artillería de Pavía.

Enrolamiento como artillero

Al empezar el siglo XIX, Bonaparte había reorganizado la artillería –tanto francesa como de las repúblicas “hermanas”– con el fin de convertirla en un arma eminentemente táctica. En orden al precepto –introducido en el arte de la guerra por el mismo ‘corso’– que la concentración de una gran masa de fuego en un punto determinado del terreno puede ser resolutoria para el éxito de una batalla, la artillería se volvió la indiscutible protagonista de muchas campañas napoleónicas. La efectividad de una descarga –rezaba el mismo principio– depende de factores cualitativos como son la precisión y la tempestividad, que a su vez proceden de la mayor o menor pericia de apuntadores, artificieros y demás personal responsable de la batería, incluyendo a ingenieros y topógrafos. Por esta razón, la reestructuración del Cuerpo comenzó por la creación de escuelas altamente especializadas, en grado de suplantar el empirismo del entrenamiento tradicional con una formación también teórica y científica. La Escuela Teorético-Práctica de Artillería de Pavía, abierta en 1803 como parte del mismo programa, representó una ejemplar contribución del Ejercito italiano a la estrategia de Bonaparte.

Agustín fue enrolado –«en clase de soldado»– en la 4ª Compañía del Regimiento de Artillería a Caballo –acuartelado en el Deposito de Pavía– a las ordenes del Mayor Armandi, quien tomó el mando de ese reparto justamente en 1810. Al igual que los artilleros de los demás cuerpos del Arma (artillería a pie, de campaña, etc.), los reclutas del Regimiento de Artillería a Caballo tenían la obligación de frecuentar la Escuela Teorético-Práctica, fueran ellos soldados rasos u oficiales. Los cursos, sin embargo, variaban de nivel y exigencias según los galones y el grado de escolaridad previa de los alumnos. Debido a su considerable preparación y a la protección del Mayor Armandi, el nuestro –a pesar del escalafón– tuvo seguramente acceso a los cursos más avanzados, los cuales pudo seguir a lo largo de dos años y medio.

La escuela de Pavía

Por lo que se refiere a la cualidad de la enseñanza impartida, la Escuela de Pavía –por los años en que el nuestro la frecuentó– disponía de un cuerpo docente de notable altura, encargado de tres grupos de asignaturas: matemáticas, diseño y trigonometría y química. Puesto que los profesores procedían en general de anteriores experiencias académicas, y dado que éstas habían constituido un titulo preferencial para su selección de parte del Ministerio de Guerra, es de suponer que la docencia no se alejara del nivel universitario.

Acerca de los programas de estudios y de sus específicos contenidos, es dado saber que el primer curso estuvo en parte dedicado a la matemática (incluyendo los números complejos, las fracciones, raíces cuadradas, decimales, etc.) y a la geometría plana. Respecto al segundo periodo, las asignaturas desarrolladas abarcaron un conjunto articulado de nociones y metodologías que, consideradas en la perspectiva del nuestro, no pudieron no constituir una valiosa base cognoscitiva y técnica para su futuro desempeño científico. En efecto, las lecciones de matemática y geometría se concentraron sobre «...los métodos prácticos para medir superficies... Descripción y uso de la escuadra de agrimensor... principales métodos para medir un área irregular cualquiera... método practico de aproximación a la medición con prismas troncos de desniveles del terreno, reducción aritmética y grafica de un ángulo al horizonte...». Además, visto que el objetivo del programa era una introducción a la medición y representación de superficies terrestres, mucha importancia fue concedida al calculo trigonométrico. Las clases de diseño, a su vez, concernieron las fortificaciones, los métodos de representación y los sistemas avanzados de construcción.

Los cursos de la Escuela obedecían a una clara orientación aplicativa de matriz ingenierística. De hecho, a partir de la reforma napoleónica, los cuerpos de Artillería e Ingenieros comenzaron a tener estudios compartidos. Pero, el que el pensum de la Escuela incluyera elementos de mecánica, física, hidráulica, agrimensura y geodesia –todas materias pertenecientes al área de ingeniería– no quiere decir que Agustín, a través de un programa anual, pudiera adquirir una verdadera formación de ingeniero. En cambio, es probable que, a más de asimilar los fundamentos teóricos necesarios a la comprensión de ciencias tales como la topografía, nuestro héroe lograra ejercitarse al manejo técnico e instrumental de esas mismas disciplinas (no fuera más que para establecer la correcta trayectoria de una salva).

Aprendizaje de Codazzi

En fin, gracias a la Escuela Teorético-Práctica de Pavía, Codazzi llegó a dominar aquellos elementos –de cálculo, diseño, sistemas de medición y levantamiento de superficies, etc.– que le resultarían fundamentales para la realización de las grandes obras científicas de las cuales fue protagonista en Sudamérica. «En esta óptica, observa justamente Fabio Zucca, comprendemos como las capacidades cartográficas que le fueron universalmente reconocidas, lejos de brotar de la nada, fueron el resultado de estudios cuidadosos, aunque no del más alto nivel de especialización teórica, que Codazzi pudo realizar gracias a la organización militar napoleónica».

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Batalla de Bautzen. Mayo 1813
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Campaña napoleónica de 1813
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Batalla de Dresden. Agosto 1813
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Batalla de Hanau. Octubre 1813
Imagen en miniatura - Batalla de Leipzig o Batalla de las Naciones. 15 octubre de 1813
Batalla de Leipzig o Batalla de las Naciones. 15 octubre de 1813

La armada napoleónica

En realidad, en el otoño-invierno 1812-1813, mientras el nuestro frecuentaba el curso avanzado, «la organización militar napoleónica» –a despecho de las optimistas previsiones de su artífice– estaba ya destinada a un definitivo declino. Si bien Napoleón se dedicara con admirable energía a la tarea de reconstrucción, la hecatombe de la Grande Armée, ocasionada como es sabido por el desenlace catastrófico de la Campaña de Rusia –un infortunio que en breve acarrearía la ruina del Grand Empire–, pudo ser subsanada sólo parcialmente. La leva de la "clase 1813", o sea, el reclutamiento de los nacidos en 1793, y la incorporación a las fuerzas "de campaña" de las cohortes de la Guardia Nacional sumaron en total 250,000 hombres, un numero relativamente exiguo frente a los 400,000 desaparecidos entre julio y noviembre de 1812. Por demás, a pesar del arrojo de conscriptos y guardias, ni los unos ni los otros podían competir con los veteranos de Austerlitz y Jena. A etapas forzadas fue reconstituida también la caballería, aunque ésta en ningún momento logró acercarse, ni en cantidad ni en calidad, a la que se perdiera en las estepas rusas. Compensaba en partedicha debilidad la artillería, la cual, gracias a los esfuerzos de la industria bélica, alcanzó a poner en línea en pocos meses 800 bocas de fuego.

Pese al aprontamiento sólo aproximativo de la nueva Armée, la avanzada de los rusos hasta el Elba, la consiguiente perdida de gran parte de Alemania, la ruptura de la alianza con Prusia y el establecimiento de una nueva alianza defensivo–ofensiva entre ésta y Rusia, obligaron a Napoleón a entrar en campaña a finales de abril de 1813. La estrategia del ‘corso’ se regía por la lucidez y la audacia de siempre: se trataba de cruzar el Elba un poco más al sur de Hamburgo, afianzarse en Stettin y liberar Danzig, en donde se hallaba sitiada una fuerte guarnición francesa; esto permitiría llevar la guerra al corazón de Prusia, poner en jaque a Berlín, cortar las comunicaciones entre los ejércitos de la Coalición y aislar a Austria.

Para llevar a efecto su plan, Bonaparte se valió una vez más de la ayuda del Ejercito del Reino Itálico. En este caso, la contribución de Italia –que a la Campaña de Rusia había aportado un contingente de 27,397 efectivos, un gran numero de caballos y una crecida cantidad de pertrechos– fue de 28,444 hombres, 8,908 caballos y 46 piezas de artillería, fuerzas que conformaban una división al mando del General Peyri y una brigada a las ordenes del Coronel Zucchi. De la división Peyri –constituida entre febrero y marzo de 1813– hacía parte la 4ª Compañía del Regimiento de Artillería a Caballo comandada por el Mayor Armandi, reparto al cual pertenecía el entonces Maresciallo Agustín Codazzi, "clase 1793".

Una vez agregadas a la Armée, y puestas bajo el mando superior del General Bertrand, las tropas del Reino Itálico fueron a integrar el IV Cuerpo de Armada y así organizadas tomaron parte en las alternas fases de la Campaña de Alemania, desde el principio (abril-mayo) hasta el final (noviembre de 1813).

Primeras batallas de Codazzi

El 2 de mayo en Lützen (localidad a 19 kilómetros de Leipzig) se desencadenó la primera batalla de la campaña. Centro de los combates fue la aldea de Kaja, hacia donde se concentró inicialmente el ataque aliado; reconquistada por el III Cuerpo del Mariscal Ney, perdida nuevamente y otra vez ganada por intervención del propio Bonaparte, al anochecer Kaja y los pueblos aledaños quedaron finalmente en mano francesa, al tiempo que volvían bajo control napoleónico las ciudades de Dresden y Leipzig. Al parecer, para Codazzi se trató del bautismo del fuego.

El 8 de mayo, Napoleón entró en Dresden, donde estableció su principal deposito avanzado. En los días siguientes, habiendo recibido refuerzos de Francia, reorganizó sus dos ejércitos, quedando el uno al mando del Mariscal Ney y el otro al suyo propio. El IV Cuerpo de Bertrand pasó a ordenes del Emperador, cuyo propósito era ahora el de lanzarse simultáneamente sobre Berlín y Bautzen, ambas ciudades ubicadas sobre la Spree. La ofensiva sobre Bautzen fue fijada para el 20 de mayo, pero el día 19 un Cuerpo de armada enemigo –25,000 hombres al mando de Barclay– topó casualmente con la división Peyri, situada a la izquierda de las líneas francesas, en Königswarta. El choque, violento e impar, desconcertó a las tropas italianas, las cuales sólo con gran esfuerzo –y con la ayuda de la caballería de Ney– pudieron salir del trance. En este combate estuvo sin duda alguna nuestro héroe, ya que consta que el Mayor Armandi y su batería lograron detener la avanzada de preponderantes fuerzas enemigas.

En los dos días siguientes –20 y 21 de mayo– la división italiana, ahora comandada por el General Santandrea, tomó parte en la batalla de Bautzen, donde la 4ª Compañía tuvo de nuevo un importante y esta vez más afortunado desempeño (al punto que su comandante, Pier Damiano Armandi, se ganó sobre el campo los galones de coronel).

Al igual que la batalla de Lützen, tampoco la de Bautzen arrojó un saldo muy positivo. Veinte mil entre muertos y heridos (de parte francesa) no bastaron ni para conjurar la amenaza militar aliada ni para convencer a Austria a desistir de su propósito de unirse a la Coalición. Así pues, a raíz de esta segunda victoria pírrica, Napoleón estuvo de acuerdo en firmar un armisticio. Las hostilidades se reanudaron el 16 de agosto, ahora con la participación de Austria y Suecia. Por ese entonces, la división Fontanelli (ex-Peyri) –siempre agregada al IV Cuerpo de Armada de Bertrand– había ido a engrosar el Ejercito del Norte, al mando del Mariscal Audinot. Entre el 19 y el 23 de agosto, éste intentó llevar a cabo una maniobra sobre Berlín, pero el intento, debido a la contundente intervención de los prusianos de Bulow, terminó con la derrota de Grossbeeren. Entonces, las tropas de Audinot replegaron sobre Wittenberg, protegidas, en la retirada, por el contingente italiano.

A comienzo de septiembre, la división Fontanelli tomó parte en otra operación contra Berlín, la cual concluyó con la ingloriosa desbandada de Ney en Dennewitz, ante las tropas del mismo Bulow (6 de septiembre); sucesivamente participó en una serie de combates victoriosos contra los suecos (22-27 de septiembre) y el día 28 alcanzó el campo fortificado de Torgau, donde las tropas italianas fueron pasadas en revista por Napoleón, quien las elogió calurosamente por su comportamiento.

El hecho de que Codazzi participara con seguridad en las operaciones del Ejercito del Norte, excluye –a despecho de lo que sostienen Magnani, Ancizar y Perazzo– que pueda haber estado en Dresden y Kulm. En cambio, lo que no puede determinarse con seguridad es el momento en que fue promovido a Maresciallo d'Alloggio in Capo, es decir, a Sargento Primero, pero es de creer que para Agustín, la emoción suscitada por la visión del Emperador en Torgau fuera más intensa que la provocada por el ascenso.

La batalla de Leipzig

Pese a que la aureola de Bonaparte mantuviera su brillo (por lo menos a los ojos de sus jóvenes soldados), su fortuna militar, en aquel otoño de 1813, parecía haberse agotado. Prueba de ello fue la batalla de Leipzig. Los combates se iniciaron el 15 de octubre con un violento choque entre repartos de caballería y se intensificaron el día 16, cuando comenzó a perfilarse la inferioridad de la Armée. El día 17, en lugar de emprender la retirada, el Emperador permaneció en Leipzig a espera del ulterior desarrollo de la batalla. La mañana del dieciocho, en vista del improrrogable repliegue, envió el IV Cuerpo de Bertrand a asegurar los puentes sobre la Saale, pero la maniobra de desempeño fue frustrada por la embestida enemiga, la cual se prolongó hasta la madrugada del 18, cuando las aterradoras proporciones de la derrota francesa se hicieron palpables (en Leipzig la Armée dejó, a más de setenta mil entre muertos, heridos y prisioneros, 28 banderas e insignias, 325 cañones, 900 carros de munición y 40,000 fusiles). En cuatro días, la artillería napoleónica disparó más de 200,000 cañonazos, de los cuales no pocos fueron descargados por las baterías italianas.

En efecto, todas las tropas del Reino Itálico presentes en Alemania se habían concentrado en Leipzig ya el 15 de octubre; el día 16 la artillería italiana fue colocada a la derecha del Elster, en una posición particularmente expuesta: por consiguiente, el Sargento Primero Codazzi tomó parte en la ‘Batalla de las Naciones’ desde uno de sus puntos más cruciales.

El 30 de octubre los cuarenta mil sobrevivientes de la Armée – incluyendo los restos del contingente italiano– acometieron la última batalla de la campaña. Ese día las tropas aliadas, en el intento de cortar toda vía de escape a las últimas fuerzas de Napoleón, atacaron a los franceses en cercanía de Hanau, a sabiendas que por allí pasaba obligatoriamente el camino hacia Maguncia, el Rhin y Francia. Pero, el preponderante ejercito austro-bavaro nada pudo contra la potencia de la artillería de Drouot –quien, como aconteciera en Wagram, reunió sus bocas de fuego en una sola masa, la Grande Batterie– y contra el ímpetu y quizás la desesperación de los soldados de Marmont y Bertrand. En Hanau concluyó la participación italiana en la Campaña de Alemania. Una vez que las tropas de la Armée estuvieron a salvo más acá del Rhin, Fontanelli y los suyos –incluyendo a nuestro héroe– regresaron a Italia, con la orden de reintegrarse al ejercito del Reino Itálico, que comandaba el virrey Eugenio de Beauharnais. De los 28,444 efectivos y 8,908 caballos que habían cruzado los Alpes en abril, lograron salvarse 3,000 hombres y 500 bestias.

Un vecchio mustacchio

A esta altura, Agustín Codazzi, que tenía apenas veinte años , era ya un veterano o, como se decía en la jerga militar, un vecchio mustacchio. En seis meses de campaña, había desempeñado a cabalidad su tarea de artillero, había estado en muchos combates, había visto caer a la mayoría de sus camaradas, había sido ascendido, había aclamado al Emperador...: seis meses que hicieron historia, ya que en ese transcurso naufragó definitivamente –después de una década de arrolladores triunfos– el sueño de grandeur de Napoleón I.

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Proclama de Lord Bentinck a los italianos
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Retrato de Lord Bentinck
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Lord Bentinck y su esposa en un dibujo de Ingres
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Lord Bentinck en la batalla de Ordal
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Lady Bentinck en un retrato de Ingres

Retirada de las tropas italianas

Nacido a deshora para «llegar a ser prelado», Codazzi tampoco pudo avanzar mucho en el "campo del honor". Así como la Campaña de Italia de 1796 le acercó a la carrera de las armas, la dramática conclusión de la Campaña de 1813 –con sus secuelas– le apartó de ella, obligándole al poco tiempo a volverse un vagabundo. Comoquiera que sea, el primer periodo de la historia de Codazzi –curiosamente– está enmarcado entre dos empresas napoleónicas, las cuales, a más de circunscribirlo cronológicamente, lo colman de significado.

A pesar del descalabro napoleónico, Eugenio de Beauharnais, virrey del Reino Itálico, logró reorganizar eficazmente el ejercito, llevándolo en pocos meses a proporciones respetables. (En cuanto suboficial, Codazzi, durante ese lapso, bien pudo estar encargado del entrenamiento de los nuevos conscriptos). El propósito de Beauharnais era el de oponerse a cuantos amenazaban los confines del Reino (el general austriaco Bellegarde, el rey de Nápoles, Joachim Murat, y Lord Bentinck, al mando de una legión Anglo-siciliana).

El 8 de febrero, las tropas italianas, que en los días anteriores habían abandonado –por indefendibles– sus posiciones avanzadas, fueron atacadas por las fuerzas austriacas del general Mayer en proximidad de Mantua. Siguió una fiera batalla que tuvo momentos de excepcional intensidad, y cuyo éxito fue decidido en gran parte por la artillería de la división Zucchi. Al finalizar los combates, los austriacos, en retirada, dejaron atrás 8.000 entre muertos y prisioneros. En esta jornada estuvo Codazzi, según consta, por una vez, de una explícita como escueta admisión suya: «[estuve] en la arremetida de Mantua cuando ocurrió la muerte de mi coronel Millo, allí obtuve los galones de ayudante suboficial que mantuve hasta la disolución de las tropas italianas».

Italia bajo el dominio austriaco

En breve, al otro lado de los Alpes a la victoria de Mantua se sucedieron varios éxitos napoleónicos, razón por la cual muchos creyeron en un próximo repunte de las armas imperiales. Con todo, la aplastante superioridad numérica de las fuerzas aliadas no tardó en imponerse: París cayó el 30 de marzo, Napoleón abdicó el 11 de abril, y el día 20 partió para la isla de Elba. Ante semejante novedad, Beauharnais se apresuró a postularse como monarca de un reino italiano independiente, pero era demasiado tarde. Aún antes de avanzar su candidatura, el virrey había subscrito un armisticio mediante el cual las tropas francesas de estancia en la península se obligaban a regresar de inmediato a su país, mientras los repartos italianos permanecerían temporalmente en las posiciones ocupadas el 16 de abril. Sin embargo, el 22 de abril, no dudó en estipular con los aliados una nueva convención mediante la cual la totalidad del Reino Itálico pasaba bajo dominio austriaco. La indignación y la amargura de que las tropas fueron presa ante la vacilante y taimada conducta del hijo de Josefina, trasparenta de la desencantada ironía de Costante Ferrari, el futuro amigo de Agustín :

Corría la voz que el Virrey fuera animado por la voluntad de batirse hasta el extremo, lo cual no alegraba a todos, ya que de tal determinación podíamos sacar ventaja para nosotros y para Italia. Pero, al cabo de unos días, fue publicada una proclama suya de despedida concebida en estos términos: «La política y los hechos del mundo me llaman en otras partes. Con dolor me veo obligado a abandonar la armada: pero llevo a Italia en mi corazón. Si mi brazo estuviera a la altura, lo emplearía por ella». En la noche salieron de Mantua muchos carros alados por 4 y 6 caballos que contenían el tesoro del Virrey, y al pobre ejercito ni siquiera un sorbo de agua... ¡Desdichados Italianos! ¡Ah, mal gastados esfuerzos nuestros, mal vertida sangre nuestra!

Así pues, a finales de abril, cuando los efectivos del Regimiento de Artillería a Caballo –y entre ellos Agustín Codazzi– regresaron al Deposito de Pavía, el Reino Itálico ya no existía. En su lugar se erguía nuevamente el imperio austriaco –de cuya anterior dominación, terminada en 1796, no podían recordarse los jóvenes de la edad del “nuestro”–, que no tardó en restaurar el antiguo aparato administrativo y de gobierno, amoldándolo al mismo autoritarismo de antaño. El nuevo mando militar, a la vez que decretaba la disolución del Ejercito del Reino Itálico, procedió a incorporar a sus integrantes. Sin embargo, los soldados y oficiales que, con tal de substraerse a la egida de Francisco II, prefirieron ser exonerados del servicio fueron la gran mayoría (incluyendo a nuestro artillero).

Al mando de Lord Bentinck

«Regresé a Lugo, escribe Codazzi, pero a los pocos días me fui a Génova, donde tomé servicio en el cuerpo ítalo–británico al mando de Lord Bentinck, en el 3º Regimiento de la leva italiana, con el grado de cadete». Lord William Bentinck se había iniciado a la carrera militar en las guerras que Inglaterra emprendiera contra la Francia revolucionaria. En 1810, fue designado lugarteniente de Wellington (en la campaña que éste conducía contra los franceses en España), y al año siguiente fue elevado al mando de las tropas británicas de estancia en Sicilia. Durante su estancia en la isla, Lord Bentinck, quien era un liberal whig, no sólo se hizo paladino de la independencia de Sicilia, sino que bregó para que ésta se dotara de una constitución moldeada sobre la inglesa. No satisfecho, en 1814 Lord William se empeñó en provocar la sublevación de Italia en contra de la dominación francesa, así que conformó una legión anglo-siciliana de 8,000 hombres con la cual, en marzo de ese año, desembarcó en Livorno. La proclama que desde este puerto dirigió a los ex–combatientes del ejercito del Reino Itálico, suscitó no pocas expectativas, ya que en ella se hablaba de liberar a la península del yugo extranjero, volviéndola una nación libre y unida (expuesta en facsímil).

Una vez desembarcado, Bentinck avanzó hacia los Alpes Apuanos, se adueñó de La Spezia y avanzó hacia Génova, que cayó en sus manos el 18 de abril. Fue precisamente por esos días que el futuro cartógrafo –que evidentemente no había permanecido indiferente al llamado de Livorno– resolvió alistarse en las tropas "de liberación" de Lord Bentinck.

Desafortunadamente, Codazzi no podía saber que la “liberación” de Italia, a pesar de haberse emprendido en nombre de la Gran Bretaña, no gozaba del beneplácito del gobierno inglés. Si bien generosas, las promesas de Lord Bentinck no dejaban pues de ser ilusorias. Como era de esperarse, el fracaso de esta empresa, en razón por las expectativas creadas, contribuyó a sembrar desconcierto y desmoralización entre los patriotas, los cuales viendo a Bentinck –un supuesto campeón de la libertad– doblegarse servilmente ante la Razón de Estado, debieron por fuerza de cosas concluir que su «ligereza parecía engaño».

Así que Agustín, quien a lo largo de cuatro años había enderezado sus pasos detrás de un mito, durante un año más persiguió una ficción. Esto, por supuesto, no dejó de confundirle, esto es, de precipitarle en la angustia del “desbandado”. En realidad, a pesar de los hilos que desde sus años mozos le ataron a las vicisitudes de Napoleón y el Reino Itálico, los primeros veinte y dos años de vida de Agustín componen la historia de un desarraigo, un desasimiento que el nuestro compartió con una entera generación, eso es, con todos aquellos que no pudieron llegar a ser prelados, sin por esto alcanzar a realizarse bajo las armas. En fin, como hijo de su tiempo, Codazzi sufrió una lacerante crisis de identidad, un síndrome típico de aquellos que, alados entre el pasado y el futuro, sólo con dificultad logran ubicarse en el presente.

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Bergantín en navegación

Adiós a las armas

Tales dudas debieron agravarse a lo largo del tortuoso y quijotesco itinerario que entre mayo de 1814 y agosto de 1815 condujo a nuestro héroe –ahora como efectivo de las tropas anglo-italianas– de Génova a Palermo y luego a Francia:

Posteriormente pasé a la Artillería, y cuando las tropas napolitanas invadieron los Estados Pontificios, partí para Sicilia. Seguidamente regresé a Génova y de allí pasé a Marsella después de la batalla de Waterloo, donde permanecí de guarnición varios meses...

Lord William abandonó Génova a comienzo de junio de 1814, y desembarcó en Palermo el 8 del mismo mes. Aunque acabara de desautorizarlo y privarlo del cargo de ministro plenipotenciario ante la corte siciliana, el gobierno inglés lo mantuvo al mando de las tropas británicas en el Mediterráneo hasta el 24 de mayo de 1815. Cinco meses antes, en diciembre de 1814, la República de Génova –víctima tanto de la ingenuidad de Bentinck como del cinismo de Castlereagh–fue cedida al Reino de Cerdeña. Esto, sin embargo, no implicó la inmediata desmovilización de la legión anglo–siciliana (con toda probabilidad por el temor que los franceses intentaran alguna revancha). Así las cosas, es lícito suponer que durante los primeros meses de 1815, los oficiales de la leva italiana se dedicaran a entrenar el contingente genovés del ejercito de Cerdeña, entre ellos el cadete Codazzi, que a pesar de la joven edad (tenía por entonces veintidós años) era ya un artillero experto y "fogueado".

El 30 de marzo –exactamente un año después de la proclama de Livorno– otro llamamiento, éste divulgado en Rimini, vino a perturbar el nuevo (o mejor, viejo) orden que los Aliados acababan de imponer en la península. En este caso, la incitación procedía de Joachim Murat, el discutido e imprudente rey de Nápoles, quien en marzo de 1815 emprendió una campaña militar tendiente a unificar Italia bajo su propia corona. Mientras las tropas napolitanas se enfrentaban a las austriacas en proximidad del río Po, Lord Bentinck alistó un cuerpo de expedición que desembarcara en Nápoles partiendo de Palermo, razón por la cual dispuso que las tropas acuarteladas en Génova pasaran a Sicilia. Integrada por dieciseismil hombres, la expedición llegó a Nápoles el 23 de mayo, demasiado tarde para participar en las operaciones bélicas. De hecho, ya habían transcurrido tres semanas desde cuando, en la batalla de Tolentino, Murat viera naufragar sus planes. Por consiguiente, la legión anglo-siciliana, tal vez sin ni siquiera desembarcar, fue enviada de regreso a Génova, a espera de partir nuevamente para Francia (donde Napoleón I estaba entrando en el sesentavo de sus fatídicos "Cien días"). Finalmente, después de la batalla de Waterloo la Legión fue disuelta.

La desazón del desbandado tuvo que estrechar el corazón de Agustín por segunda vez en poco más de un año, cuando, en el otoño de 1815, se vio obligado a colgar nuevamente la espada... aunque su ánimo, como dijera Costante Ferrari, continuase añorando el oficio de las armas. Para colmar este vacío, Codazzi viajó a Roma intencionado a enrolarse en las tropas del Papa, pero nada obtuvo. Amargado, decidió entonces dirigir sus pasos a otra parte:

Viajé luego a Livorno, con el propósito de seguir hacia las Indias o América, mas llegando allí me aconsejaron que invirtiera mi dinero en mercancías a vender en Constantinopla, y que con el dinero del negocio pasara a Odesa para cargar granos, los cuales vendería de regreso a Livorno, donde imperaba la carestía. De aquí nacen las razones de mis viajes...

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Vista de Constantinopla a mediados del siglo XIX
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Vista de Constantinopla en la primera mitad del siglo XIX

Introducción

Entre comienzos de 1816 y mayo de 1817, Agustín Codazzi emprendió un largo y penoso viaje que desde Livorno, a través de Grecia, Turquía, los Balcanes y el mar Báltico le llevó finalmente a Ámsterdam, donde -como veremos- se embarcó para los Estados Unidos. Cuáles fueron las circunstancias que le indujeron a abandonar a Italia y la vida militar en pos de una «azarosa carrera» mercantil, acabamos de verlo. Bien que dramáticas, ellas no dejaron de secundar su espíritu inquieto, el cual –hay que admitirlo– difícilmente se habría doblegado al inmovilismo provinciano de la Romaña y al clima apagado de la Restauración.

Hacia Constantinopla

Después de un corto aprendizaje en Livorno, Codazzi zarpó pues para Constantinopla, con el propósito declarado de dedicarse al comercio. Pese a que el viento contrario obligase su barco a fondear por pocos días en la isla de Elba, la navegación prosiguió sin novedad hasta doblado el cabo Spartivento, en la extremidad meridional de Calabria. Pero, cuando ya las islas Jónicas estaban al alcance y Cefalonia se perfilaba sobre el horizonte, una tormenta imprevista se abatió sobre el bajel, causando en breve su perdida. A bordo de una chalupa, nuestro héroe alcanzó entre mil dificultades un escollo cercano, no sin haber dejado atrás, en el barco que se hundía, la totalidad de sus inversiones y pertenencias. Al día siguiente, desafiando el mar embravecido, los náufragos desembarcaron en Porto Molo, el pequeño puerto de Itaca.

En la isla de Ulises (por entonces un protectorado británico) Codazzi transcurrió casi un mes. «Para vivir –puede leerse en las Memorias– tuve que improvisarme pintor de brocha gorda»; sólo a fuerza de pintar casas, en efecto, pudo el ex-artillero ganar el dinero con que comprarse unas camisas, y así cambiarse («antes me veía obligado a estar sin camisa mientras el sol la secaba»). Como sea, antes de reanudar su viaje, no dejó de visitar unas ruinas ciclópeas que la creencia popular atribuía a la acrópolis del hijo de Laertes. A bordo de un barco que lo admitió sin pasaje, Codazzi cruzó el mar Egeo hasta el Helesponto, donde los vientos contrarios detuvieron su curso. Mas no fue en vano. De hecho, nuestro héroe aprovechó una corta parada en la isla de Tenedos para visitar el sitio en el cual se irguiera la mítica ciudad de Troya (aunque «en verdad nada descubrí, entre esos desolados parajes, que pudiera recordarle al viajero las grandezas troyanas»). Una vez superado el estrecho de los Dardanelos y atravesado el mar de Mármara, el barco surgió finalmente en el puerto de Constantinopla. La vista de esta pintoresca ciudad («dispuesta en forma de anfiteatro sobre siete colinas») no dejo de impresionar al futuro cartógrafo, quien dedicó a su descripción no pocas páginas de las Memorias. Tanto esmero, sin embargo, no significa que la pluma de Codazzi responda a veleidades literarias. A comienzos de Mil ochocientos, precisamente en la época en que el “nuestro” se dirigía hacia el Levante en busca de fortuna, en el seno de la literatura de viajes surgió un género nuevo, el de los “viajes al Oriente”. Entre sus creadores figuran así Chateaubriand como Lamartine, Castellán y muchos otros, todos ellos unidos por la misma mirada («una mirada –observa Paul Valery– que a los ojos agrandados por el deseo muestra más de lo que ellos pueden percibir»). Mas este no es el caso de Agustín: las Memorias no sólo no reflejan ningún empeño estilístico, sino que adolecen de un marcado descuido sintáctico y compositivo, signo del carácter funcional de la escritura, signo que la materia tratada no excede los límites de lo real. Lo cual no debe asombrarnos, ya que el propósito del texto –por lo menos en las páginas iniciales– es sólo documentativo («poder documentar los lugares en donde habíamos estado el día en que regresáramos a la patria»).

En 1816, cuando Codazzi llegó a la antigua Bisancio, el imperio Otomano estaba abocado a una inexorable decadencia. Aunque Muhamud II, quien fuera elevado a sultán en 1808, se hubiese impuesto la misión de restablecer la autoridad de la Sublime Puerta contra los conatos de independencia que agitaban sus dominios, varias rebeliones estallaron en Egipto, Grecia y Serbia, agravándose así la debilitación del imperio. Por otra parte, las reformas promovidas por Muhamud II con el fin de hacer de Turquía una potencia moderna, en grado de contrarrestar el expansionismo europeo, fueron frenadas por los jenízaros y los bajaes más conservadores. En suma, en 1816, el imperio Otomano –incluyendo a Constantinopla–, seguía siendo un mundo remoto e indescifrable (y aún temible) para la mayoría de los europeos. Pero esta incomprensión no impedía que las costumbres inesperadamente civiles de los turcos llenaran de estupefacción a unos viajeros encandilados de entrada por el esplendor del Cuerno de Oro. Como era de preverse, al alto grado de cultura –y a los vicios y virtudes– de los musulmanes no dejó de referirse Codazzi (cuya curiosidad, en Estambul, alcanzó la máxima intensidad).

Encuentro con Ferrari

Apenas desembarcado, el futuro cartógrafo entró a hacer parte de un nutrido grupo de ex-oficiales napoleónicos desbandados («sumidos en la miseria y casi desesperados»), los cuales –por cierto incautamente– habían llegado a Constantinopla en busca de un nuevo encuadramiento militar. Por suerte, después de unos días de indecibles privaciones, nuestro héroe dio con un rico comerciante de origen italiano, quien, conmovido por sus desgracias, decidió ayudarle. Fue así como Codazzi se volvió garitero, es decir, socio de uno de los tantos casinos que los “francos”, o europeos, acababan de abrir en Estambul... pero la peste, que estalló imprevista, provocó el cierre preventivo de los locales públicos –entre ellos las casas de juego–, truncando en el nacer su prometedora carrera de tahúr. Otro evento significativo marcó por esos días su estancia en la capital otomana: trabó amistad con Costante Ferrari, un ex-capitán del ejercito del Reino Itálico destinado a volverse su inseparable compañero de peripecias («juramos estar siempre unidos, defendernos mutuamente y disponer de una sola bolsa y una sola voluntad»). Al cabo de unas semanas transcurridas en cuarentena en Aguas Dulces, Codazzi y Ferrari, –fuese por el malogro de su nueva actividad, fuese por la irresistible llamada de las armas–, decidieron separarse del resto del grupo y dirigirse hacia Moscovia, ya que, según se decía, el zar Alejandro I había resuelto admitir entre sus tropas a los veteranos de la Grande Armée. Se embarcaron pues en una “sacolea” torca a punto de zarpar rumbo al puerto de Varna, en el mar Negro.

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Imagen en miniatura - Retrato de una mujer turca, por Gentile Bellini
Retrato de una mujer turca, por Gentile Bellini
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Mapa de Holanda, 1648

Por Bucarest y Moldavia

La navegación no fue fácil. De hecho, los vientos contrarios no cesaron de obstaculizarla desde que el barco hubo superado el Bósforo, rumbo a nor-oeste. Después de cien millas, en proximidad de Burgas, el viento arreció tanto que estuvo a punto de voltear la embarcación («ya una parte de la sacolea se había hundido, cuando la pericia de un joven marino griego nos libró del peligro»). En espera de que la tormenta cediera, la tripulación y los pasajeros –alcanzado un anclaje seguro–, bajaron a tierra y visitaron un monasterio de monjes ortodoxos. La frugal hospitalidad de los popes, así como la simplicidad de su culto, no dejó de impresionar a Codazzi.

Finalmente, nuestros amigos desembarcaron en Varna, en el litoral búlgaro. Allí se unieron a una caravana que partía para Rutschuk, mas la incomodidad del carruaje los obligó a hacer gran parte del camino a pie. Pese a la fatiga, el ex-artillero no perdió el gusto por la observación; prueba de ello se halla en las Memorias, donde el autor reconstruye en detalle los avatares de este viaje. Una vez atravesado el Danubio, la caravana alcanzó la ciudad de Giurgevo, cerca del confín de Valaquia. Después de una corta parada, Codazzi y Ferrari prosiguieron hasta Bucarest, maldiciendo la carreta en la cual, ya extenuados, fueron obligados a transportarse.

Bien que no fuera comparable a Constantinopla, Bucarest no dejó de suscitar interés de nuestro héroe, quien la describió en páginas densas de personales acotaciones (centradas particularmente –como es usual en la primera parte de las Memorias– en los aspectos morales). De Valaquia nuestros amigos pasaron a Moldavia. Por el camino de Fokschiani alcanzaron Iassi, en el límite de Bessarabia, de donde siguieron hacia Botuschani y Czernovitz, capital de Bucovina. Allí permanecieron tres días. En Lemberg, donde volvieron a parar, se toparon casualmente con un ex-coronel polaco que había servido bajo Napoleón, el conde Calinosckj. El encuentro, según relata Codazzi, fue placentero:

Quiso que nos hospedáramos en una casa de campo suya, repleta de todo lo que pudiéramos desear... poseía otras tres casas en diversos lugares y cada día, en su coche de a cuatro caballos, íbamos ahora a la una, ahora a la otra. Nos tomó tanto cariño que quería absolutamente que pasáramos el invierno con él, lo cual, sin embargo, nos habría apartado demasiado de nuestro plan.

Desde Polonia a Holanda

Sin dejarse apartar de su plan, los dos italianos le dijeron adiós a Lemberg y a los agasajos del conde, y en pocos días alcanzaron la frontera de Moscovia. Pudieron cruzar el confín gracias a una estratagema, pero, cuando ya se aprestaban a atravesar el río Dniester y a adentrarse en tierra rusa, decidieron cambiar de rumbo. En efecto, había llegado a sus oídos la noticia que el zar Alejandro se encontraba –o se encontraría en breve– en Varsovia, huésped del granduque Constantino. Sin perder tiempo, Codazzi y Ferrari se dirigieron a su vez a Polonia, siempre en busca del suspirado reenganche. Semejante constancia, con todo, no fue premiada. Su solicitud de admisión al servicio, entregada al mismo granduque, «no surtió el efecto esperado, debido a la cantidad de oficiales polacos todavía desocupados». Mas este percance, sigue Codazzi, no alcanzó a causarle mucho desagrado, ya que los periódicos de Varsovia traían el aviso que en Holanda iba alistándose una expedición para Batavia, en las Indias Orientales... lo cual, como era de esperarse, hizo que nuestros amigos tomaran el camino de los Países Bajos («a nosotros nos pareció más ventajoso aventurar nuestras vidas en esos climas cálidos que en las heladas regiones del Norte»).

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Continente americano

Hacia las Américas

Descartado un viaje por tierra (impensable dada la distancia, el aproximarse del invierno y la falta casi completa de recursos económicos), Codazzi y Ferrari se encaminaron hacia el mar Báltico siguiendo el curso del río Vistula. En Danzig, después de varias semanas de espera, lograron embarcarse en un bergantín prusiano a punto e zarpar para Rótterdam con un cargamento de trigo. Una vez más, la navegación fue ardua.

Las dificultades empezaron a la vista de Copenhague, cuando poco faltó que el velero – a causa del mar picado– encallase. Luego fue el turno de la nieve, tan espesa que obligó al capitán Hendewereck a una parada imprevista en proximidad de Elsinor . «Por fin, escribe nuestro héroe, el primer día del año [1817], en una mañana límpida y soleada que auguraba buena navegación y un viento fresco que incitaba a zarpar, nos hicimos con gran entusiasmo a la vela». Sin embargo, lo peor estaba por llegar. En la noche del primero de enero el mar se infló en forma tal que las olas, con sus violentos contragolpes, provocaron la ruptura de una antena y del árbol superior de trinquete. Así averiado, el barco se refugió entonces en el puerto de Gunbaenborgh, en Suecia. Como si lo anterior fuera poco, cuando el bergantín reanudó la navegación «nos sorprendió otro espantoso vendaval», de manera que fue menester atar el timón y dejar el barco a merced de las olas. Habiendo perdido el control de la situación, el capitán y los marineros se dedicaron a rezar, temerosos como estaban de caer de un momento para otro sobre los escollos del Pater Noster (peligrosos incluso con el mar tranquilo).

«A todas estas –recuerda el ex-artillero– Ferrari y yo estábamos encerrados en nuestro camarote, comiendo y bebiendo, dejando correr el barco a su antojo, resignados en todo y por todo a la voluntad del destino». Como Dios (o el destino) quiso, al amanecer bajó el viento, de modo que el bergantín pudo arribar al puerto de Imbersund, en Noruega. Allí tuvo que permanecer casi dos meses, a espera que el hielo y los vientos contrarios consintieran reanudar la navegación. Finalmente –en abril o mayo de 1817– nuestros amigos desembarcaron en el puerto de Den Helder, de donde prosiguieron hacia la «amplia, bella y rica ciudad de Ámsterdam». Pero llegaron demasiado tarde: la expedición para Batavia había zarpado ya. Entonces, escribe Codazzi, «decidimos viajar a América... esperando encontrar allá una mejor suerte». De hecho, a finales de mayo, los dos italianos se embarcaron en el bergantín “Unión”, junto a algunos centenares de emigrantes franceses, alemanes y de otras nacionalidades. Al cabo de una «navegación molestísima» –que se prolongó por más de tres meses–, el “Unión” desembarcó en el puerto de Baltimore.

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Bolívar jura libertar América. Alegoría de la época
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Retrato de Símon Bolívar
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Estandarte de la Guerra a Muerte, acuarela

Llegada a Baltimore

Evidenciando de nuevo un descomunal espíritu de observación, Codazzi consignó en las Memorias penetrantes anotaciones acerca de la realidad americana, comenzando por subrayar la «gran libertad de que todos gozan... y las tantas sectas y religiones que allá se profesan»; esto significaba –no dejó de inferir– que la libertad, cuando mana «de las leyes dictadas por un pueblo verdaderamente soberano», en lugar de ser causa de excesos es fuente de «orden moral, educación cívica y honestidad». Desde una óptica europea, «la prosperidad de un gobierno que no profesa ninguna religión y que todas las permite y las tolera» no podía no causar asombro. Para un joven inquieto e inteligente (y Codazzi lo era), el descubrimiento de un «pueblo regido por leyes civiles y no por la religión como en Italia» equivalía sin duda a la promesa de un mundo nuevo, un mundo en el cual unas leyes del todo humanas garantizarían –como ya lo hacían en América– los derechos fundamentales del hombre: la igualdad de oportunidades, la educación, la participación en la cosa pública, la libertad de pensamiento y de culto, etc. El bienestar de Estados Unidos, su incontenible desarrollo industrial –puede leerse en las Memorias– se enraízan en esta armonía social, un equilibrio respaldado por leyes y órganos de gobierno auténticamente democráticos, concebidos de forma que los «depositarios de la voluntad del pueblo» no llevan «ningún tipo de distintivo, y por la calle y en los lugares públicos son considerados como simples ciudadanos». Es la fe en los hombres y en sus derechos naturales –concluye pues nuestro héroe– la que consiente que gentes de tan distinta procedencia e índole, a más de mezclarse pacíficamente, lleguen a destilar de entre todas un carácter nuevo, el «carácter de los Americanos de los Estados Unidos».

Hacia la América Libre

En Baltimore, Codazzi y Ferrari –al igual de lo que ocurriera en Constantinopla el año anterior– entraron a hacer parte de un nutrido grupo de ex-oficiales napoleónicos desbandados, medio ilusos y medio desesperados, todos ansiosos de empuñar nuevamente la espada. La oportunidad, sostenían ciertas voces, no tardaría. En efecto, se rumoreaba que José Bonaparte, recién llegado a los Estados Unidos, estaba alistando una milicia de exilados, con el propósito de arrancarle la Nueva España a Fernando VII, liberar a Napoleón del encierro de Santa Helena y ponerlo a la cabeza de un imperio mexicano. Se decía también que en algún rincón de la Unión iba a fundarse una ciudad –Proscrittopolis– donde los exilées podrían vivir y prosperar. Este plan, se afirmaba, había recibido el beneplácito de la Sociedad de los Cincinnati (un consorcio creado veinte años atrás con el fin de auxiliar a los ex-combatientes de la Guerra de Independencia necesitados), la cual se encargaría de distribuir grandes extensiones de tierra entre los veteranos de la Armée. Tales voces, sin embargo, tenían poco o ningún fundamento. Lo único cierto era que una expedición contra México había zarpado de Baltimore hacía casi un año al mando de Francisco Javier Mina, un joven “general” español (creador de las guerrillas que en Navarra, durante la ocupación francesa, tanto daño habían causado al invasor). Para quien –como Codazzi y Ferrari– deseara reemprender la carrera de las armas, dicha empresa se perfilaba como la única posibilidad, ya que la Nueva Granada y demás repúblicas sublevadas de la América Meridional quedaban fuera de alcance. Desafortunadamente, en la capital de Maryland las noticias sobre los progresos de Mina escaseaban. Después de haber anunciado el desembarco de los patriotas en Soto la Marina –efectuado en abril de 1817– y el feliz éxito de las primeras escaramuzas, la prensa local no había vuelto a informar, a pesar que en Baltimore fueran muchas las personas interesadas en la expedición (en la que varios notables de la ciudad, en vista de las ventajas económicas que podrían derivarles de la independencia de México, habían invertido considerables sumas de dinero). Más que la falta de información, lo que frenó a los dos italianos fue la enorme distancia existente entre el Maryland y México: centenares de leguas que –debido a su absoluta falta de medios– deberían cubrir a pie. Por suerte, mientras sopesaban mustiamente esta alternativa, supieron que en la propia Baltimore se estaban enrolando oficiales por cuenta de la república de Venezuela. Obviamente, se presentaron en el acto. Los recibió el vicealmirante Gustave Villaret (un francés que desde hacía varios años militaba bajo las órdenes de Simón Bolívar), quien les trazó un cuadro bastante realista de la situación de las guerras de Independencia:

Señores, yo no pretendo engañaros. Os diré pues de qué naturaleza es la guerra que estamos combatiendo. De pareceros aceptable, haré que partáis de inmediato en ayuda de nuestra República naciente... Nuestra guerra es sangrienta: es de exterminio para ambas partes en lucha. Nuestras tropas navegan a veces en la abundancia, pero otras se encuentran desprovistas de todo. A menudo se ven obligadas a marchar descalzas por bosques, montañas y ríos, desarrapadas, armadas de lanzas por escasez de armas de fuego, sin recibir ningún sueldo por meses. Pero no faltan las oportunidades de enriquecerse, y el Gobierno es asaz generoso con los que sirven con ardor y fidelidad, donándoles tierras, casas y promociones.

La perspectiva de luchar por los «sagrados derechos de la independencia», al igual que la oportunidad de pasar «de las penurias y la incertidumbre a una forma de vida estable y holgada», hizo que nuestros amigos no vacilaran en suscribir las condiciones planteadas por Villaret. Éste, entonces, les ordenó trasladarse secretamente a Norfolk, donde, a espera de los recién reclutados, estacionaba el bergantín “América Libre” (según Ferrari, el buque zarpó hacia Filadelfia después del 17 de septiembre, pero el hecho es que el barco, habiendo surgido en Nueva York el 7 de septiembre, dejó este puerto el 22 del mismo mes, y se enrumbó hacia el sur).

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Imagen en miniatura - Elecciones en la isla Amelia libertada, 1817
Elecciones en la isla Amelia libertada, 1817
Imagen en miniatura - Elecciones en la isla Amelia libertada, 1817
Elecciones en la isla Amelia libertada, 1817
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Proclama de Louis Aury

Con las tropas de Aury

El “América Libre” no se dirigió a Venezuela. Sostiene Codazzi (discrepando de otros testimonios) que el bergantín, una vez superada la Florida, dobló netamente hacia el Oeste y, navegando a lo largo de la Louisiana, fue a dar a la costa de Texas. De hecho –puede leerse en las Memorias– su destino era Galveston, una pequeña isla de arena «en la cual flameaba la bandera mexicana». Comandaba aquel establecimiento, con el título de gobernador de Texas, el comodoro Louis Aury, un corsario francés que cruzaba por el golfo de México y el Caribe desde 1803. Nuestros amigos, al igual que Pedro Gual –que también viajaba en el “América Libre”– y los demás legionarios, resolvieron unirse a las fuerzas de Aury («fuimos aceptados al instante, cada uno con su grado, es decir, Ferrari como capitán de infantería y yo como teniente de artillería»). Dándole crédito a nuestro héroe, esta decisión «representó una valiosa ayuda para el gobernador, quien esperaba ansiosamente poder avanzar con tropas hacia el interior». El objetivo de Aury era el de reunirse con la “división” de Mina, que él mismo, algún tiempo atrás, había escoltado hasta la bahía de San Bernardo. En efecto, al poco tiempo los legionarios se embarcaron de nuevo en varios navíos mexicanos y después de una breve travesía –evidentemente rumbo al Sur–, desembarcaron en el lugar acordado, «una playa en la cual un fuerte protege la entrada a las tierras de Texas».

Las aventuras en Centroamérica

La primera aventura americana de Codazzi no fue afortunada, aunque, esto sí, le permitió adentrarse en la lujuriante naturaleza de aquella región y conocer de cerca el mundo indígena. Como sea, al cabo de varios días de marcha, los expedicionarios supieron por boca de los naturales que el general Mina, junto a su estado mayor, había sido masacrado en el atrio de una iglesia, en el momento en que se aprestaba a inaugurar los trabajos de una comisión constituyente reunida por él para trazar los lineamientos de la nueva república de México. Frente a tamaña tragedia, Aury ordenó la retirada, de forma que los legionarios –Codazzi con ellos– regresaron tristemente a Galveston. (En este punto, cabe una advertencia. Pese a lo animado y extenso de la correspondiente descripción, es de creer que las Memorias, en lo tocante a la jornada mexicana, no se atengan a la verdad. El cotejo de otros testimonios así como la comprobación de las fechas, llevan a concluir que Codazzi inventó integralmente este episodio, tal vez en pro de la mejor comprensión del momento histórico, o quizás –aún más probable– para ampliar y así volver más atractivo el “teatro” de sus peripecias. (Como veremos, no es este el único lance dudoso). Abandonada la costa de Texas, la escuadra patriota se dirigió a la Florida oriental, más exactamente a la desembocadura del río St. Mary, en el límite meridional de Georgia. En apariencia, el propósito de Aury era el de unirse a las fuerzas de Gregor MacGregor, quien desde hacía algunos meses ocupaba la isla Amelia. MacGregor, un aventurero escocés, había llegado a Venezuela en 1812 y desde entonces se había batido –a veces dando prueba de grandes dotes militares– al lado de los patriotas. A finales de 1816, con el grado de general, se había alejado de Bolívar y se había trasladado a los Estados Unidos, con la idea de organizar una expedición propia. La toma de la isla Amelia, según sus planes, debía constituir el primer acto de la liberación de toda la Florida española. Pero, una vez conquistada Amelia –en julio de 1817– MacGregor había aplazado sine die la prosecución de la campaña. Luego, a la vuelta de tres meses, la falta de hombres y recursos lo había convencido a poner término a la empresa y a abandonar la isla. Esto sucedía mientras la escuadra de Aury iba acercándose a la Florida, siendo que el comodoro y el general se encontraron fuera del puerto de Fernandina, el uno entrando y el otro saliendo. Así pues, Aury suplantó a MacGregor. Proclamó la “República de las Floridas”, llamó a elecciones, abrió el puerto a los corsarios de la América Libre, firmó patentes, envió a algunos de sus buques de cacería por el Caribe y elaboró un plan de conquista de la entera península. Mientras tanto, Codazzi y Ferrari se desempañaban como buenos oficiales, con denuedo y lealtad. Las ocasiones en que tuvieron que asumir responsabilidades de gran importancia no fueron pocas. Las fuerzas del comodoro (no más de 300 hombres en total) se componían de un cuerpo de tropas internacionales (franceses, ingleses, italianos, negros haitianos, etc.) y de un grupo de americans, es decir, de norteamericanos. Las relaciones entre los dos bandos, que nunca fueron buenas, por momentos desembocaron en choques violentos. Fue en tales circunstancias que Codazzi y Ferrari dieron prueba de su arrojo y pericia, ganándose el aprecio del comodoro.

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La isla de la Vieja Providencia, mapa de Agustín Codazzi
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Perspectiva del Fuerte de la Libertad en la Isla de Providencia en la época de Codazzi

En Panamá

Pero, el sueño republicano de Louis Aury estaba destinado a esfumar en muy corto tiempo. El presidente Monroe –con miras a apropiarse de los territorios limítrofes del tambaleante imperio español (Florida, Texas, etc.)– decidió invadir la isla Amelia, con el fin declarado de “limpiarla” de “piratas y contrabandistas”, aunque estos actuaran por cuenta de uno de los estados de la América Libre, y a pesar de que el gobierno de EE.UU. apoyase por principio la independencia de las nuevas repúblicas («grande fue nuestro desagrado al vernos obligados a ceder lo que habíamos conquistado –anota Codazzi– y verificarse así la máxima de la razón del más fuerte»). Desalojado de la Florida (entre diciembre de 1817 y marzo de 1818), Louis Aury –y Codazzi y Ferrari con él– reemprendió la guerra de corso por el Caribe. Ya que todo vestigio de la república de México había desaparecido, el comodoro pasó entonces bajo la bandera de las Provincias Federadas de Buenos Aires y Chile. Sostiene nuestro héroe que dicha transición se oficializó a raíz de un viaje que la escuadra corsaria realizó al Río de la Plata en la primavera de 1818. Varias páginas de la Memorias relatan la navegación al Cono Sur–por supuesto difícil– y trazan un cuadro bastante completo de la realidad bonaerense... pero los recuerdos de Codazzi chocan de nuevo contra un conjunto de circunstancias, todas irrefutables, que acaban por desmentirlos.

En verdad, Louis Aury jamás estuvo en Buenos Aires. Su acercamiento a las Provincias Federadas se produjo por obra del canónigo Cortés de Madariaga, un controvertido patriota chileno, representante diplomático de su país en Jamaica. Con el fin de que el comodoro –con su escuadra y sus fuerzas de tierra– se apropiara de Panamá (abriendo así una comunicación estratégica entre el océano Atlántico y e Pacífico), Cortés de Madariaga le nombró en efecto jefe de las fuerzas navales de la República de Buenos Aires en el Caribe. En busca de un puerto para sus barcos y de una base operativa para su inminente ataque contra el Istmo, Aury llegó a la isla de la Vieja Providencia (julio de 1818), de la cual se apoderó, procediendo sin demora a fortificarla. De esta isla –que Henry Morgan, el pirata, volviera mítica–, Codazzi dejó una descripción pormenorizada, acompañada por un mapa de excelente factura (basado –como todos sus primeros trabajos cartográficos– en originales pertenecientes al archivo del virrey Samano).

Rumbo a Honduras

La expedición contra Panamá preveía la intervención de tres fuerzas, dos navales y una terrestre. Las primeras estarían a cargo de Lord Cochrane (flota del Pacífico) y Louis Aury, mientras el ejercito de tierra actuaría al mando de MacGregor. Después de haber abandonado la isla Amelia, éste había regresado a Inglaterra, donde varios centenares de legionarios habían respondido a su llamada. Con ellos, el escocés atacaría Portobelo, respaldado desde el mar por la escuadra del francés. Pero, un huracán trastornó este plan, ya que averió buena parte de los buques de Aury (octubre de 1818). En lugar de posponer las operaciones, MacGregor –quien había establecido su base en la isla de San Andrés– decidió proceder por sí solo, y de hecho logró apoderarse de Portobelo (abril de 1819). Sin embargo, se trató de una conquista bien efímera. Aprovechando el caos reinante entre los expedicionarios, los realistas retomaron la plaza después de pocos días. MacGregor se salvó a nado, mientras la mayoría de los legionarios cayó prisionera. Ante semejante descalabro, el comodoro –quien a etapas forzadas se aprestaba a reunirse con MacGregor en Panamá– escogió otro objetivo, y se dirigió contra la costa de Honduras (mayo de 1819). Con un audaz golpe de mano capturó el puerto de San Felipe, en el lago de Izábal, apropiándose de paso de un rico botín. En esta jornada, Codazzi, junto al inseparable Ferrari, desempeñó un papel de primer plano, mereciéndose una promoción y un premio.

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Paisaje caribeño
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Ultimos días de Bolívar en Santa Marta

Misión en la Nueva Granada

Menos afortunada fue la acción que Aury emprendió contra las plazafuertes de Trujillo y Omoa –siempre en el golfo de Honduras– en la primavera del año siguiente (abril-mayo de 1820). Pese a los esfuerzos, los patriotas no lograron expugnar dichas bases, y debieron retirarse con no pocas perdidas. Sin embargo, mientras aún perduraba el bloqueo de Omoa, Aury recibió la noticia que su escuadra sería incorporada a la flota de la Nueva Granada, con lo cual se realizaría su deseo más ardiente. De hecho, desde que el francés se opusiera al mando unificado de Bolívar (Los Cayos, febrero de 1816), el Libertador no había cesado de manifestarle su resentimiento, marginándolo de la armada neogranadina. Parecía, pues, que Aury hubiese sido perdonado. Una vez más, el relato de Codazzi se aleja sensiblemente de lo que afirman otros testigos. Sostiene el futuro cartógrafo que por algún tiempo, después de la toma de San Felipe, la escuadra patriota navegó en corso por el golfo de México. Luego –antes de regresar a la Vieja Providencia– se dirigió a Jamaica. aquí, Cortés de Madariaga y Aury resolvieron enviar un emisario a la Nueva Granada, para que recogiera informaciones de primera mano sobre el desarrollo de la guerra de independencia. Para tan delicada misión fue escogido nuestro héroe. Remontando el Atrato –y burlando la vigilancia española–, éste llegó al Citará. De la capital del Chocó siguió a Novita, y de allí a la costa del Pacífico, donde pudo encontrarse con Lord Cochrane. Luego, cruzó los Andes y alcanzó el valle del Cauca. Sin concederse el menor descanso, prosiguió a toda marcha hacia el alto del Quindío, superado el cual emprendió el último tramo de su viaje a Santa Fe de Bogotá, donde en apariencia llegó en septiembre de 1819. En la capital recién liberada, fue recibido por el general Santander, quien le ordenó regresar de inmediato a Providencia con ordenes para el comodoro. Así lo hizo Codazzi («...llegué a Providencia, donde el general [Aury] empezaba a preocuparse por mi excesiva tardanza, pues ya habían transcurrido cuatro meses desde el inicio de mi viaje»).

Regreso a Providencia

En la isla de Providencia, anota el futuro cartógrafo, venía aprestándose una expedición contra la Nueva Granada. La campaña se inició a la vuelta de pocas semanas (¿marzo de 1820?), facilitada por los conocimientos adquiridos por Codazzi durante el viaje recién concluido. En efecto, el primer objetivo del ataque fue el Chocó, región en la cual los realistas, al mando de Muñoz y Morales, seguían dominando. Batidos repetidamente, los españoles se replegaron hacia el valle del Cauca, perseguidos por la división de Aury y las tropas de Valdés y Cancino. Al llegar a Honda, recuerda Codazzi, «Aury encontró la orden de enviar un oficial a Santa Fe para recibir instrucciones, y luego proseguir para Providencia... Inmediatamente me fue ordenado dirigirme a la capital». Una vez en Santa Fe (¿agosto de 1820?), nuestro héroe recibió órdenes de dirigirse al Darién y de allí a la Vieja Providencia, donde se reunirían todas las tropas disponibles, en vista de un próximo ataque contra Tolú. Codazzi, en definitiva, asegura que Aury estaba guerreando victoriosamente Atrato arriba, mientras en realidad el francés estaba procurando –helás sin suerte– tomar desde el mar la plazafuerte de Trujillo. Asegura además haber viajado a Santa Fe dos veces en poco menos de un año, cuando es probable que lo hiciese en una sola ocasión, en el otoño de 1820. Dejando a un lado las imprecisiones (o las licencias) de Codazzi, hay que decir que Aury, una vez recibida la feliz noticia, regresó a Providencia. Contrariamente a las previsiones, allí no le esperaba ningún despacho oficial del gobierno neogranadino, razón por la cual resolvió enviar un mensajero a Santa Fe de Bogotá. La escogencia, en efecto, recayó sobre nuestro héroe. Sin esperar que el emisario regresara, Aury, en octubre de 1820, se dirigió con el grueso de sus fuerzas a la costa de la Nueva Granada (Codazzi, probablemente, alcanzó la flota a ultimísima hora). Mas en Santa Marta, el comodoro descubrió que la mentada incorporación era imposible, sea por la implacable oposición del almirante Brión, jefe de la armada patriota, sea por expresa voluntad de Bolívar. Amargado, Aury emprendió un viaje a Santa Fe –remontando el río Magdalena–con el propósito de entrevistarse con el Libertador (enero de 1821). En esta jornada, le acompañó Codazzi.

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Imagen en miniatura - Retrato de Louis Aury
Retrato de Louis Aury

Ocaso y muerte de un Corsario

Sin haber obtenido justicia, el comodoro regresó a Providencia (junio-julio de 1821). Cuenta Ferrari que al cabo del rato Aury y su Estado Mayor fueron a visitarle al fuerte de "La Libertad", donde «por desgracia [el comodoro] se cayó del caballo, y al caer la empuñadura del sable le rompió una costilla, así que después del desfile, que le complació sobre manera, tuvo que guardar cama». Aquella caída, prosigue el italiano, alteró la salud del comodoro en modo tal que «después de cincuenta días, sin poder volver a levantarse, falleció» (30 de agosto de 1821). «Muerto Aury, que tanto queríamos... –escribe Codazzi– pensamos darnos de baja». El retiro, en forma de licencia, les fue acordado (a nuestro héroe y a Ferrari) después de muchos ruegos y recomendaciones. Puede leerse en las Memorias:

Nuestra partida fue sentida por todos y nos lo demostraron al momento de embarcarnos. Los habitantes vinieron a desearnos un feliz viaje, los marineros nos saludaron desde los buques con las banderas y con salvas de artillería. Los fuertes hacían otro tanto, y muchos oficiales, con pequeñas embarcaciones, nos acompañaron a bordo...

Afirma Codazzi que una vez dejada Providencia, por varios meses se dedicó al comercio, ya sea en Honduras, ya sea en el Darién. Los avatares de este periodo están registrados en las Memorias. Sin embargo, como en el caso de su segunda expedición al lago de Izábal (o golfo Dulce), ningún otro testimonio conforta el relato de nuestro héroe.

Como quiera que sea, en agosto o septiembre de 1822, Codazzi y Ferrari llegaron a St. Thomas, donde se embarcaron para Europa:

Consignamos las mercancías en Ámsterdam, y seguimos hacia París, donde entregamos a la hermana del difunto general Aury la documentación que le era necesaria para conseguir del gobierno de Buenos Aires lo que le correspondía. Luego nos dirigimos a Italia, a Lugo, mi patria...

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Imagen en miniatura - Casa natal de Agustín Codazzi en Lugo
Casa natal de Agustín Codazzi en Lugo
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Pavaglione, grabado sobre madera
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Castillo de Lugo, grabado sobre madera
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Mapa catastral de la Villa de Serallo

Interludio Romañolo

«Busqué fortuna en el nuevo mundo, porque en éste me era ingrata, y sí me fue propicia», le escribió Codazzi a su antiguo comandante –el coronel Pier Damiano Armandi– en febrero de 1823. En verdad, en el momento de embarcarse para Europa, anota Manuel Ancizar, el futuro cartógrafo llevaba «un caudalejo de cerca de cuarenta mil pesos». Esta suma en Italia y especialmente en Ferrara, a cuya provincia pertenecía Lugo, constituía una fortuna considerable. Agrega el biógrafo:

Codazzi la radicó en una hacienda, y se hechó a ofrecer alegre hospitalidad a cuantos amigos le venían a las manos; dándose tan acertadas trazas en la administración de sus asuntos, que a los tres años ya no le pertenecía la mitad de la hacienda, y los amigos íntimos hacían lo posible por quedarse con la otra mitad...

En realidad, Codazzi y Ferrari –que en Constantinopla habían jurado «unir la bolsa y la voluntad»– decidieron invertir su «caudalejo» común en una hacienda, el “Serrallo” (no lejos de Lugo), en la cual pudieran vivir y trabajar juntos, en compañía de sus respectivas familias. Los problemas comenzaron con la construcción de la casa, ya que, según Ferrari, Codazzi pecó de imprevisión, causando un notable desajuste financiero. En abril de 1824, Ferrari, cansado de la inerte vida del campo, decidió irse a Grecia, a combatir al lado de Lord Byron. A su regreso, un año más tarde, la situación económica de la hacienda había empeorado hasta el punto que, para hacerle frente, Codazzi le convenció a realizar un matrimonio de conveniencia. El remedio, sin embargo, fue peor que el mal, ya que la madre de la esposa, a más de exigir que el patrimonio común fuera repartido, generó un clima de creciente incomprensión entre los dos amigos.

Por fin, a comienzos de 1826, Codazzi resolvió partir nuevamente para América. Le empujaba, explicó, la urgencia de poner orden en los negocios e inversiones que junto a Ferrari había dejado rodando en las Indias Occidentales. Pero, probablemente, no era aquel el verdadero móvil. De nada sirvieron los reclamos de su amigo, que apelaba a la antigua promesa de nunca separarse: Codazzi no quiso escuchar razones, y «descontento y enojado con casi todos, zarpó hacia el poniente».

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Escudo de Venezuela
Imagen en miniatura - Agustín Codazzi en uniforme retratado por Carmelo Fernández
Agustín Codazzi en uniforme retratado por Carmelo Fernández
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Retrato de Costante Ferrari alrededor del 1840

Llegada a Cartagena

El futuro cartógrafo desembarcó en Cartagena el 24 de mayo de 1826, poco antes de cumplir los treinta y tres años. Algunas semanas más tarde, Ferrari recibió dos cartas suyas:

en la una [Codazzi] me decía que había llegado felizmente, y que gozaba de buena salud; en la otra me daba la infortunada noticia que nuestros negocios se habían ido a pique.

¿Fue este descalabro el que indujo a Codazzi a desempolvar su patente de teniente coronel? ¿O fue más bien la llamada de las armas? Sea como fuere, el 15 de junio nuestro héroe emprendió viaje a Santa Fe de Bogotá, con la esperanza de ser reintegrado al ejercito de la Nueva Granada (la oficialidad de Louis Aury había sido incorporada a la armada neogranadina en 1821). Del vicepresidente Santander –escribe Manuel Ancizar– Codazzi recibió el «despacho de Primer Comandante de Artillería», mediante el cual se le confería el «mando de la Brigada de esta arma [artillería] en el Departamento del Zulia» (11 de enero de 1827). Con el fin de mejorar las defensas de la plaza de Maracaibo, el jefe del departamento, general Carreño, ordenó que el italiano inspeccionara las fortificaciones y «levantara una carta de la Barra y terrenos adyacentes». Posteriormente, en vista de la amenaza que sobre la región costera ejercía la flota corsaria de Ángel Laborde, Codazzi fue encargado de «determinar aquellos lugares en la Guajira desde donde se podía iniciar un eventual ataque» (15 de febrero de 1828). Iniciado por razones exclusivamente militares, dicho trabajo se convirtió en breve en una auténtica empresa geográfica. De hecho, entre 1828 y 1829, nuestro héroe levantó el mapa corográfico del entero departamento del Zulia desde la punta de Payana y la boca del río Socuy, al norte de la ciudad de Maracaibo, hasta San Carlos del Zulia y Mérida al sur y Trujillo al este. Así resume Codazzi sus primeras experiencias cartográficas:

Hallábame en Maracaibo el año de 1828, cuando el general José María Carreño, jefe superior militar del departamento del Zulia, m dio el encargo de formar el itinerario de los caminos de aquel vasto territorio, con el objeto de enviarlo al gobierno de Colombia, que lo había pedido. Entonces me ocurrió la idea de hacer al mismo tiempo que el itinerario, un mapa del departamento, y la puse por obra con instrumentos propios y los auxilios que aquel Sr. general me mandó facilitar. El trabajo duró parte de los años 1828 y 1829.

El gobierno de Venezuela

Mientras a bordo de canoas, flecheras y otros precarios medios de transporte el novel cartógrafo procedía en sus levantamientos, el panorama político de Venezuela iba cambiando radicalmente, en la medida en que crecía la hostilidad contra el poder personal de Bolívar. Poco antes de la muerte del Libertador, la Gran Colombia se derrumbó y a la presidencia de la República de Venezuela ascendió José Maria Páez. De inmediato, éste instaló en Valencia una asamblea encargada de definir los principios constitucionales del nuevo Estado. Aprovechando la ocasión, Codazzi entregó al nuevo gobierno las planchas de «su gran mapa del lago de Maracaibo».

Codazzi obtuvo pleno reconocimiento. Páez acogió la idea de realizar el levantamiento topográfico general del país y sometió al primer congreso ordinario tres planchas de muestra con la ponencia en que se proponía el levantamiento cartográfico de toda Venezuela.

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Decreto de creación de la Comisión Corográfica de Venezuela

Cartografía de Venezuela

«Para Venezuela –declaró el Congreso en el momento de aprobar la elaboración de los mapas provinciales (14 de octubre de 1830)– es el levantamiento topográfico de los mapas geográficos, la determinación de las rutas militares y la elaboración de informaciones estadísticas, una empresa de primera línea cuyos trabajos tendrán benéficas consecuencias para facilitar la realización de operaciones militares, para el conocimiento de los límites provinciales, para la mayor exactitud de la contribución tributaria, para el desarrollo de la agricultura, para la apertura y construcción de caminos, para el avenamiento de lagos y pantanos, para la regulación y navegación de los ríos». En una palabra, el levantamiento cartográfico constituía un requisito para el progreso del país. No era todo. Representaba la posibilidad que Venezuela, una nación en vía de consolidación, alcanzase su propia forma, esto es, su territorialidad simbólica: un espacio imaginario y sin embargo real, para llenar de contenido histórico y social... representaba la posibilidad que Venezuela comenzara a existir como un país dotado de identidad nacional.

Cartógrafo y militar

Para que llevara a cabo semejante empresa, a Codazzi se le concedieron tres años de tiempo, el doble sueldo de oficial, y una bonificación de cien pesos una tantum para la adquisición de los instrumentos (pero a su cargo corrían los gastos de viaje). No fue pues por conveniencia económica que el italiano –desde siempre poco atinado en los negocios– aceptó volverse el cartógrafo de Venezuela. Tampoco era de esperarse que pudiese dedicarse a su tarea en “santa paz”. En efecto, anota Schumacher, »pronto [Codazzi] hubo de informar a sus amigos en Lugo que no podía acometer tranquilamente el levantamiento topográfico, como lo deseaba, sino que desde un principio tendría que combinarlo con diferentes encargos y expediciones militares, prestando servicios de guerra aquí y allá». El privilegio acordado por Bolívar a la casta militar, contrario bajo todo punto de vista al bienestar de la sociedad civil, mal se acoplaba a los intereses y anhelos de la nueva república (surgida precisamente del rechazo del esquema bolivariano), de manera que Páez procuró ponerle término. «Este hecho, observa Ancizar, no pudo consumarse sin alborotos causados por todos aquellos militares cuyas aspiraciones quedaban anuladas ya fueran de medre personal, ya de predominio de clase». En dichos alborotos viose repetidamente involucrado el teniente coronel Codazzi, el cual, fiel siempre a los poderes constituidos, y en particular a la persona de Páez, por espacio de siete años –entre 1830 y 1837– tuvo que alternar el teodolito y la escuadra con la espada y la pistola. En 1830, al mando de un reparto de infantería, marchó contra el general Infante, sublevado en los Llanos. Luego se le envió a «salvaguardar la precaria calma» de la provincia de Mérida (encomendándole reforzar sus defensas en previsión de un posible conflicto con la Nueva Granada). Hacia final de año regresó a Maracaibo, donde volvió a retomar el plan de fortificaciones preparado anteriormente, pero en abril de 1831 tuvo que trasladarse a las provincias orientales, como Jefe de Estado Mayor del ministro de guerra –el general Santiago Mariño–, para reprimir la sublevación del general José Tadeo Mónagas.

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Retrato de Santiago Mariño, Oficial del Ejército de Venezuela en 1830

Combatiendo las revoluciones

Por fin, en agosto de ese mismo año, Codazzi pudo fijar su base en Caracas y desde allí proceder al levantamiento de la provincia homónima, desde La Guaira hasta la Victoria. A principios de 1833, una vez ultimada esta labor, el cartógrafo se fue a vivir a Valencia, de donde emprendería el levantamiento de las provincias de Carabobo y Barquisimeto, y posteriormente el de Barinas y Cumaná. En Valencia se casó , el 29 de abril de 1834, con Araceli Fernández de Hoz, una «bellísima y eficiente» doncella de 26 años de edad. En consideración de sus servicios militares, el cartógrafo obtuvo que se le prorrogara el plazo de entrega de los mapas, de forma que en el verano de 1834 emprendió la exploración del delta del río Orinoco, tratando de fijar cartográficamente la «extraordinaria maraña de cursos de agua» que lo conforma. En 1835 regresó a Valencia, a tiempo para asistir al nacimiento de su primer hijo, el 21 de marzo. Poco tiempo después, estalló la revolución militar llamada de las “Reformas”. El 8 de julio, los golpistas depusieron al presidente legítimo –Vargas, quien había reemplazado a Páez en enero– y proclamaron jefe de estado a uno de sus cabecillas. Sin dudarlo, Codazzi se encaminó a los Llanos a ofrecer sus servicios al general Páez, quien «los aceptó nombrándole Jefe de Estado Mayor del ejército constitucional, con cuyo carácter lo acompañó hasta el definitivo triunfo del gobierno legal». De hecho, nuestro héroe estuvo en la acción de Riochico y en la batalla de Guaparó, puso término al sitio de Maracaibo y dirigió el asedio de Puerto Cabello (que concluyó el 1º de marzo de 1836). Acto seguido, se trasladó a los llanos de Apure, donde «mantuvo en jaque los rebeldes al mando de Francisco Farfán». Reinstalado en el poder, el presidente Vargas, «atendiendo a la lealtad, méritos, servicios y recomendables cualidades del Comandante Codazzi», subscribió su promoción a “Coronel efectivo de Ingenieros” (22 de abril de 1836). Pero, al cabo de unas semanas, estalló otra revuelta, de nuevo al mando de Farfán, y de nuevo tuvo el cartógrafo que empuñar la espada, hasta la rendición de los sublevados (9 de julio de 1836). Con todo, Codazzi transcurrió en paz su cumpleaños numero 43. Por algún tiempo pudo incluso reanudar sus tareas científicas, mas en marzo de 1837 se levantó por tercera vez en armas Francisco Farfán:

saliendo de repente a lo poblado con buen golpe de gente de malísima ley, [Farfán] proclamaba “guerra a los blancos, es decir, a los hombres de ciudad, hasta exterminarlos”, ya que los pasados gritos “Colombia” y “Reformas” no hacían eco.

Los revoltosos lograron apoderarse de Achaguas, amenazando desde allí San Fernando de Apure. «Codazzi –escribe Ancizar– abandonó al punto su familia y quehaceres, y reventando caballos salvó en tres días la distancia de cien leguas que hay entre Valencia y San Fernando y llegó algunas horas antes que Farfán». Sin tomar aliento, animó a los vecinos para que atrincheraran la ciudad, lo cual se hizo con tanta efectividad que el enemigo, al llegar, no pudo acercarse y tuvo que «acampar en contorno»: detenerlo hasta tanto llegara Páez con tropas de refuerzo era la consigna de nuestro héroe, y la cumplió.

Contacto con los indígenas

A lo largo de 1838, Codazzi recorrió las selvas de la Guayana y remontó en canoa los caudalosos ríos que riegan el interior de aquella provincia hasta el río Negro, cerca de las fuentes del Orinoco. En esta ocasión, su relación con los nativos –caracterizada siempre por un interés humano no inferior a la curiosidad etnográfica–fue especialmente intensa y sensible, no exenta de cierto “indigenismo”. Ante el trato salvaje que las autoridades venezolanas reservaban a los aborígenes, el cartógrafo redactó un informe que era a la vez un j'accuse:

Los indios no son más que esclavos, y no tienen seguridad ni en sus campos ni en sus habitaciones. Sorpresivamente les llega una orden del corregidor, de presentarse sin tardanza en San Fernando. El viaje lleva de diez a quince días, y una vez llegados, se les obliga a trabajar forzosamente para los monopolios, por un jornal insuficiente. Si no obedecen a esta exigencia del poder oficial, se les recluta para el servicio militar obligatorio. (...) Aquel que no quiere someterse, tiene que abandonar los escasos campos de cultivo y huir al interior de la manigua. (...) Allí [en San Fernando] no existe ni mercado ni comunicaciones, y si de cuando en cuando llegan los indígenas con un cargamento de alimentos, inmediatamente lo confisca alguno de los poderosos, so pretexto de que el dueño de la canoa le debe algo, o bajo cualquier otra acusación. (...) Cuando muere un hombre, el corregidor exige que los hijos le sean entregados, so pretexto que la madre no era la esposa legítima del difunto, o de que ésta no sería capaz de alimentarlos. Y si quien muere es la madre, los hijos son reclamados porque el padre era borracho y sinvergüenza. Y si faltan ambos padres, no obstante que haya hermanos mayores u otros parientes, los huérfanos menores de edad pertenecen al corregidor, quien los reparte. Así pues, unos dos mil seres humanos están condenados a trabajar forzosamente, sin pausa ni fin, para unos quince egoístas.

Entrega del trabajo cartográfico

A fines de 1838, los trabajos de levantamiento topográfico habían avanzado hasta el punto que Codazzi pudo empezar a elaborar en Valencia los trece mapas provinciales, con la sola ayuda del calígrafo Luis Aliaga. Cuando las cartas estuvieron terminadas –anota Schumacher– Páez llevaba otra vez la investidura presidencial, así que fue a éste a quien nuestro héroe entregó el resultado de ocho años de esfuerzos. Codazzi acompaño la entrega con estas palabras:

La tarea que el gobierno me encomendara hace ocho años ha sido terminada. Cada provincia de la república cuenta ahora con su mapa corográfico en escala grande; cada una es dueña de una clara información sobre todos sus cantones, de precisos datos sobre caminos militares, amén de copiosa información de orden geográfico, físico y estadístico.

La obra –¡en verdad magna!– estaba conformada por: un mapa físico y político de Venezuela de dos metros de largo y uno de ancho, comprendiendo el área de 35.591 leguas españolas cuadradas, distribuidas en las trece provincias en que entonces estaba dividido el país; un atlas compuesto de 20 cartas «figurando por separado las provincias y varias secciones del territorio de la antigua Colombia en que estaban trazadas las marchas y localizadas las batallas de los ejércitos republicano y español durante la guerra de independencia»; una carta etnográfica de Venezuela, con la ubicación y los nombres de las tribus indígenas existentes en tiempo del descubrimiento y conquista; 88 cartas en gran escala correspondientes a los cantones en que estaban subdivididas las provincias, «dando a conocer topográficamente los caminos, las veredas, los desfiladeros, los puntos defendibles y los recursos del país con aplicación a la guerra defensiva u ofensiva, detallando todo esto en extensos itinerarios militares».

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Imagen en miniatura - Relación de la Academia Francesa de Ciencias sobre los trabajos geográficos de Codazzi
Relación de la Academia Francesa de Ciencias sobre los trabajos geográficos de Codazzi
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Frontispicio del Atlas de Venezuela, dibujo de Carmelo Fernández

Directo a París

Codazzi festejó su cuadragésimo séptimo cumpleaños en alta mar, mientras el barco en el cual viajaba junto a su familia se alejaba más y más del puerto de La Guaira, rumbo a Europa. La navegación avanzó expedita, de manera que antes de la mitad de agosto el cartógrafo llegó a París. Su cometido era el de supervisar la impresión de sus propios mapas. En efecto, el 16 de marzo de ese año, el Congreso de Venezuela había dispuesto una partida de diez mil pesos «para grabado e impresión de la obra geográfica, pagados en dieciocho cuotas mensuales», con la fianza de Martín Tovar Ponte. Aunque el colofón declarase la fecha de 1840, el Atlas físico y político de la República de Venezuela (dedicado por su autor, el Coronel de Ingenieros A. Codazzi, al Congreso Constituyente de 1830) salió a luz en París en 1841, junto al Resumen de la Geografía de Venezuela. Éste último –un grueso volumen en 4º– constituía un breve compendio de las observaciones realizadas por nuestro héroe en ocho años (de hecho, «razones de economía nunca bien lamentadas» obligaron al autor a descartar la mayoría de sus «curiosísimos manuscritos»). Simultáneamente, apareció el Resumen de la Historia de Venezuela, a cargo de Rafael María Baralt y Ramón Díaz, ilustrado con retratos de Carmelo Fernández. El Atlas, que mide 50x70, se compone de 19 tablas, las cuales comprenden 30 mapas históricos, físicos y políticos (algunos en escala 1:1.322.000, otros 1:5.328.000). Cierra la obra una serie de diagramas, perfiles y cuadros estadísticos.

Acogida del Atlas en París

La acogida que la comunidad científica parisina reservó los trabajos de Codazzi («una obra que en su género es la primera que se publica en América del Sur»), fue lisonjera, comenzando por la Sociedad Geográfica, que los colmó de elogios y nombró socio a su autor. Por otra parte, una comisión compuesta por eminentes estudiosos –Savary, Arago, Elie de Beaumont y Boussingault– analizó a fondo tanto el Atlas como la Geografía, y presentó ante la Academia de Ciencias de París un informe totalmente favorable (15 de marzo de 1841):

El número de observaciones de latitudes y longitudes cronométricas hechas por el señor Codazzi es considerable, pues ha fijado 1002 puntos principales, 58 de los cuales se pueden equiparar con los cálculos de von Humboldt y Boussingault [uno de los comisionados]; incluso las mayores diferencias que se observan son tolerables, y en muchos casos la concordancia es enteramente satisfactoria. No se ha limitado el señor Codazzi a determinar latitudes y longitudes, sino además la altura de 1054 lugares, de los que varios habían sido teatro de observaciones análogas hechas anteriormente por medio de barómetros comparados con el Observatorio de París; y la concordancia en verdad sorprendente que se nota entre resultados obtenidos en épocas diversas y por observadores diferentes, es una nueva prueba de la exactitud a que pueden llegar las nivelaciones barométricas (...) Los manuscritos del señor Codazzi examinados por esta Comisión contienen materiales para más de 12 volúmenes sobre estadística y geografía de Venezuela; pero el autor ha reducido a un tomo la obra para adaptarla a la instrucción pública. En esta obra se aprenderá mucho en poco tiempo lo que es una preciosa ventaja que no siempre concurre en las relaciones de líos viajeros...

En aquellos mismos días, Codazzi recibió una carta de Alexander von Humboldt, en que el sabio alemán entre otras cosas decía:

Los trabajos geográficos de Ud. abrazan una extensión tan dilatada de territorio y comprenden pormenores topográficos tan exactos y medidas de altura tan adecuadas para demostrar la distribución de los climas que harán época en la historia de las ciencias. Me complazco en haber vivido lo bastante para ver acabada una empresa que, al mismo tiempo que ilustra el nombre del Coronel Codazzi contribuye a la gloria del Gobierno que ha tenido la sabiduría de protegerle.

¿Qué más podía desear el ex-artillero de la 4ª Compañía del Regimiento de Artillería a Caballo? Pues, ¡la Legión de Honor! Y la obtuvo. Se la otorgó en 1842 Luis Felipe, rey de Francia, “en testimonio de la particular benevolencia del Rey hacia un antiguo oficial de Estado Mayor del Ejército del Reino Itálico mandado por el Príncipe Eugenio”.

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Imagen en miniatura - Boceto al óleo de la Colonia Tovar por Ferdinand Bellermann
Boceto al óleo de la Colonia Tovar por Ferdinand Bellermann
Imagen en miniatura - Fotografía de la Colonia Tovar en 1895, por Alfredo Jahn
Fotografía de la Colonia Tovar en 1895, por Alfredo Jahn
Imagen en miniatura - Retrato de Martín Tovar Ponte
Retrato de Martín Tovar Ponte

Desarrollo de la idea

Hallabase en Paris el Coronel Agustín Codazzi ocupado en la publicación de sus trabajos corográficos cuando recibió un oficio (fecha 17 de septiembre de 1840) del Sr. Dr. Anjel Quintero, entonces ministro del Interior, en el cual le pedía el Gobierno informes sobre los lugares más adecuados en Venezuela para establecimientos de inmigración, con otros datos que pudiese suministrar por su larga experiencia en las frecuentes correrías que sus trabajos corográficos le habían obligado hacer en la tierra adentro: su contestación de 15 de enero de 1841 se redujo a decir que por no tener a la mano los borradores en grande escala de las cartas de las provincias no le era posible indicar la ubicación de los terrenos; pero que debiendo regresar pronto a la República se reservaba para entonces, teniendo a la vista los datos necesarios, el hacer un informe extenso. Esta circunstancia sujirió al Coronel Codazzi desde Francia, la idea de fundar una colonia y al efecto comenzó a tomar informes de los lugares más a propósito en Europa para elejir pobladores. Naturalmente se fijaron sus miradas en Alemania, de donde los Estados Unidos han sacado siempre sus grandes inmigraciones. Púsose en contacto con algunas personas de grande instrucción como el sabio miembro del Instituto Boussingault y el celebre e ilustre viajero Barón de Humboldt, con quienes discutió largamente su proyecto basandolo no ya en la idea de un lucro propio, que por otra parte debe ser inseparable de una de estas empresas bien dirijidas, sino en el deseo de abrir una vía de inmigración que sirviendo de modelo a otras muchas poblase y enriqueciese a su patria adoptiva.

El anterior relato, seguramente debido a la pluma del propio Codazzi, apareció en el Boletín de la Colonia Tovar (Nº 1, 8 e agosto de 1843), a tres meses de la fundación del establecimiento homónimo. Independientemente de su mayor o menor éxito, este intento inmigratorio representa una de las empresas más apasionantes y controvertidas de nuestro personaje. Al referirse a ella, los periódicos italianos de la época subrayaron que «no se trataba de una de aquellas especulaciones en las cuales, como ha ocurrido demasiadas veces, son atraídos centenares de infelices, recogidos al azar e invitados a compartir las delicias de un imaginario Eldorado». No, ésta era una empresa de otro genero, que ofrecía las mejores garantías, ya que su dirección había sido confiada a un hombre de índole generosa, y el gobierno mismo la protegía, costeando los primeros gastos (que fuese una iniciativa sui generis se desprende del hecho que Codazzi, en carta al General Soublette, afirmase que en la Colonia Tovar «estaba interesado su honor»). Pero, dejando a un lado los presupuestos éticos del proyecto, veamos la secuencia que lo llevó a la práctica. Recibida la comunicación del ministro A. Quintero, el cartógrafo decidió regresar a Venezuela, donde, en efecto, llegó en agosto de 1841, en compañía de Alexander Benitz (agrimensor y litógrafo de Endingen, grabador de los mapas del Atlas). Su propósito era el de explorar la región comprendida entre Caracas y los valles de Aragua, en busca de un paraje que ofreciese condiciones climáticas y morfológicas aptas a la colonización europea. Fue durante la quinta exploración, por la exactitud el 14 de octubre de 1841, que Codazzi dio con el Palmar del Tuy: un valle de pendientes suaves, que descendían siempre hacia el naciente, cruzado por abundantes manantiales. Nuestro héroe lo describe así:

Un valle circular de casi legua y media de diámetro, abierto por una estrecha y elevada abra hacia el Naciente, circundado por una cerranía casi toda de una misma altura y cuyas cumbres están elevadas 2.300 varas sobre el nivel del mar, da origen al río Tuy. Las faldas de los cerros forman planos inclinados que por escalones descienden suavemente por todas partes hacia el centro de la hondura del valle que está 500 varas más abajo que las cimas. Allí tres grandes quebradas compuestas de las aguas de 17 otras perennes, se reúnen y forman ya el río, que serpenteando entonces en medio de las paredes escarpadas de las faldas de los cerros, se precipitan entre peñas, al través de una selva hasta ahora desconocida, y va a reunirse a una legua y media de distancia al riachuelo llamado Maya, cerca del cual se encuentran las habitaciones que hasta ahora se han acercado más a las cabeceras del Tuy, ocultas hasta hoy entre elevados cerros y tupidos bosques...

Bautizo de la Colonia

Circunscrito el lugar y obtenida la aprobación del plan, el flamante empresario se empeñó con el gobierno a traer a Venezuela únicamente familias de comprobado valor moral y eficiencia en el trabajo («se debía dar preferencias a los artesanos –refiere Schumacher–, que al lado de las faenas agrícolas pudiesen realizar otra actividad útil para los asociados»). Junto al compromiso de entregar informes semestrales sobre el desarrollo de la colonia y las actividades de sus socios, Codazzi –en cumplimiento de la ley de inmigración del 12 de mayo de 1840–, tuvo que presentar un fiador. Lo encontró en la persona de Martín Tovar (el mismo fiador del Atlas), con cuyo nombre, por gratitud, se bautizó la naciente colonia. Por su parte, el gobierno acordó exonerar a los colonos, durante quince años, de todos los tributos y obligaciones, sea civiles que militares. Los trabajos de adecuación del sitio (desmonte y apertura de caminos) comenzaron de inmediato, bajo los mejores auspicios, así que en junio de 1842 Codazzi y Benitz se embarcaron nuevamente para Europa. El cartógrafo se detuvo en Francia para completar los preparativos de la expedición y fletar un barco, mientras el alemán siguió hacia el Baden, para llevar a cabo la selección y contratación de los colonos. Los emigrantes que se embarcaron para América fueron 389, 239 varones y 150 mujeres, de los cuales tan sólo 216 eran mayores de 18 años. Entre ellos había albañiles, carpinteros, herreros, pedreros, carreteros, sastres, tejedores, zapateros, toneleros, sombrereros, talabarteros, molineros, maestros e impresores. El barco, “La Clemence”, zarpó el 19 de enero de 1843 y el 4 de marzo fue avistada la costa venezolana, pero a causa de la cuarentena declarada por las autoridades sanitarias, a los colonos no les fue consentido desembarcar en La Guayra. Pudieron hacerlo tan sólo tres semanas después en la ensenada de Choroní. Finalmente, el 8 de abril, tras un viaje de 112 días, ante los ojos de los alemanes se deparó el espectáculo del Palmar del Tuy. Escribe L. Jahn:

...la visión que tenían los colonos era la de una tierra reseca y ennegrecida por las quemas. Sólo se divisaban unas veinte chozas con techos de paja, donde deberían alojarse. Según la tradición oral transmitida desde los primeros colonos, se cuenta que muchas de las mujeres rompieron a llorar mientras, sentadas en el suelo, contemplaban desconsoladas el panorama. El agotamiento fisico contribuía a acentuar el estado de depresión colectiva que afectó al grupo.

Primeros pasos de la Colonia

Que aquella no fuese la tierra prometida, se hizo aún más evidente en los meses que siguieron, a lo largo de los cuales los sacrificios a los que los emigrantes se vieron abocados fueron indecibles. Pese a tantas tribulaciones, a finales de 1844 le escribía Codazzi al presidente Carlos Soublette: «Se ha conseguido lo principal de todo, pues que más revoluciones, contratiempos y maldad todas destructoras no se podían dar y sin embargo la Colonia se presenta cada día con más fuerza y vigor para crecer allí fuerte y vigorizada». En verdad, en contra de vientos y mareas, el asentamiento no había dejado en ningún momento de desarrollarse. En otra carta a Soublette, ésta fechada 31 de julio de 1843, puede leerse:

Permitame General que le haga una comparación para que forme una idea de lo que es hoy en día la Colonia Tovar. Tomaré por paralelo el pueblo de San Pedro habitado por los indios en tiempos de la conquista, por los criollos hace más de 200 años, cuenta más de 50 de parroquia y su iglesia tiene 43 años. Una población de más de 1000 almas está en un pequeño valle, cerca de otros pueblos como Macarao y Teques y sobre todo en el camino más frecuentado de la Republica, en las puertas casi de la capital, y en una posición en que los que van o salen de ella deben precisamente dormir, comer, almorzar o refrescarse. He bien, pregunto ahora: ¿tiene escuela, herrería, carpintería, albañiles, cortadores de piedra, hojaladeros, torneros, sastres, zapateros, fabricantes de gorras, tejedores de lienzo, curtiembre, matanza, fabricantes de jabón y velas, de tinas, barriles, carretas, maquinas de aserrar, molinos, maquinistas, imprenta, reloj de campana, medico, botica y barbero? No, nada de eso tiene. Pues la Colonia lo posee todo y todo está en acción y sólo cuenta 4 meses de existencia con 2 de enfermedades, alborotos y bochinches. Tiene año y medio y nueve meses que fue pisado por primera vez por planta humana el terreno y solo 18 meses de trabajos, en donde no había senda para pasar y solo precipicios horribles para entrar en una selva virgen, desconocida, asilo de las fieras y cubierta de enormes arboles.

Aunque las orgullosas reflexiones del cartógrafo no carecieran de peso, su entusiasmo era ficticio. Servía, más que nada, para convencer a la Comisión gubernamental de control que el futuro del establecimiento estaba asegurado. Haciendo caso omiso de tales «alucinaciones» , el desarrollo de la Colonia Tovar –a lo largo de los primeros años– fue dificultoso en extremo, al punto que a comienzos de 1845 le escribió Codazzi a Soublette (siempre en relación con los progresos de la Colonia): «parece que mi destino no cesa de perseguirme, y mi purgatorio debe seguir todavía más tiempo».

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Escudo de Barinas
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Portada de “La Esposicion” del 1 de noviembre de 1846

Llamada de Barinas

La antigua provincia de Barinas, situada en los términos occidentales de Venezuela entre el país montañoso y agricultor de Mérida y los dilatados llanos de Apure que han sido siempre un criadero inagotable de ganado mayor, puso los ojos en Codazzi para encomendarle la administración de sus intereses, en parte pecuniarios y en parte agrícolas; y a propuesta de la diputación provincial fue en efecto nombrado Gobernador de aquella provincia, en circunstancias de hallarse infestada por bandas de malhechores, y los ánimos divididos en acaloradas disensiones que casi rayaban en vías de hecho. Corría entonces el año de 1846...

Corría el año de 1846 y Venezuela estaba dividida entre Conservadores y Liberales, o si se quiere, entre “Oligarcas” y “Descamisados”. «En las poblaciones cortas y poco ilustradas, observa Ancizar, los partidos políticos, a falta de doctrina que profesar, profesan odios personales y convierten en injurias y ofensas lo que en otras partes no es sino discusión de ideas». Esto pasaba en Barinas, y Codazzi se empeñó en cambiar las cosas. Trató, pues, de promover un nuevo clima de concordia, indispensable tanto al bienestar general como a los intereses individuales. La oposición del partido liberal fue obstinada y rabiosa, hasta el punto que el “Barinés”, órgano de los “descamisados”, no tuvo escrúpulos en escribir:

Codazzi es un extranjero que pocos sacrificios ha hecho por la Patria, está condecorado con los Cordones de la Legión de Honor [¡una distinción monárquica!], ha sacrificado a muchos venezolanos, a veces por el placer de acabar con esta raza de valientes, ha atropellado a los pueblos en los días de ostentar éstos su soberanía en las elecciones; es un energúmeno, un frenético para despotizar con la autoridad en la mano...

Abandonando Venezuela

Pese a todo, la honestidad de sus esfuerzos le ganó muchas simpatías; otras premiaron su incesante actividad en favor de la provincia (la lucha contra la delincuencia, la apertura de nuevos caminos, el fomento de la instrucción primaria, etc.): total, en cuestión de meses, nuestro héroe logró «dulcificar los resentimientos y aplacar los odios personales». En procura de este objetivo, no escatimó esfuerzos. Llegó incluso a predisponer –con la ayuda de sus propios hijos– una representación alegórica alusiva a la unión y la fraternidad. Refiriéndose a este curioso estratagema, dijo Codazzi algún tiempo después:

No se crea que este acto fuese la obra de un instante de fervor: el tiempo ha probado que para la generalidad era estable y decisivo. La paz que se goza, las reuniones semanales de toda familia, la armonía que reina entre ellas y las continuas diversiones de que disfruta la ciudad, prueban la sinceridad de la reconciliación.

Pero semejante idilio no estaba destinado a durar. El 23 de enero de 1847, José Tadeo Mónagas –de filiación liberal– asumió la presidencia, y, pese a que el clima de tranquilidad se mantuviera a lo largo de todo el año, no faltó quien vaticinara un inminente viraje. De hecho, el 27 de enero de 1848, por orden de Mónagas, el Congreso fue disuelto violentamente (diezmado y dispersado a balazos por una orda de forajidos, dice Ancizar). Ante aquel «acto de salvajismo», Codazzi renunció a su empleo de gobernador y abandonó Barinas. Ganar la costa, adonde se dirigió de inmediato, le significó no pocos sobresaltos. Preocupado por la seguridad de su familia, en Maracaibo la envió para las Antillas holandesas. Al mismo tiempo, recibió una invitación a trasladarse a la Nueva Granada. Se la enviaba el propio presidente de la república, Tomás Cipriano de Mosquera, por iniciativa de Joaquín Acosta, un científico de notable estatura, que Codazzi había conocido en Providencia en 1820. Dejó escrito el propio Mosquera:

Siendo Presidente constitucional de la Nueva Granada llamé al Coronel de Ingenieros Agustín Codazzi, quien había publicado la geografía de esta última república [Venezuela] con un atlas completo y una carta general, y le hice pasar a Bogotá para que se encargara de la Comisión Corográfica que creaba entonces la ley y levantase después la carta de la República y de las provincias.

De hecho, en consideración del amenazante panorama venezolano –cada día más aciago–, el italiano resolvió aceptar la propuesta de Mosquera. Así que se internó en las montañas, y pudo por fin salir a salvo en proximidad de Cúcuta; luego, a los pocos días, llegó a Bogotá. Era el 13 de enero de 1849, un sábado, y Codazzi era tan pobre «como cuando 29 años antes se encaminó a esta ciudad por orden de Aury a tratar con el Vicepresidente de Colombia».

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Escudo de Nueva Granada
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Vista de Bogotá, en A.Orbigny, “Voyage pittoresque”
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Vista de Bogotá, en A.Orbigny, “Voyage pittoresque”
A.Codazzi, Mapa topográfico de Bogotá y alrededores
A.Codazzi, Mapa topográfico de Bogotá y alrededores

Introducción

A un mes escaso de su llegada, Codazzi –nombrado por Mosquera inspector del Colegio Militar– entregó un memorando sobre este joven plantel, aconsejando que se configurase como un centro de formación de ingenieros militares y civiles (como «muestra de aprovechamiento», los alumnos del Colegio levantaron en breve un plano topográfico de Bogotá y sus alrededores, «bajo la dirección del Inspector»). El 22 de febrero, el Congreso reinstaló al cartógrafo en el grado de teniente coronel «agregado al cuerpo de ingenieros» (el mismo escalafón en el cual lo colocara Santander en 1827), «para servir en las obras públicas a que lo destinara el Poder ejecutivo». Estas, anota Ancizar, no eran otras que las cartas corográficas de las provincias en que entonces se dividía la Nueva Granada. El 1º de abril asumió la presidencia José Hilario López, un liberal. A pesar de su diversa filiación política, el nuevo mandatario no dudó en hacer propia la iniciativa geocartográfica de Mosquera. De hecho, el 29 de mayo, el proyecto se convirtió en ley de la república (aunque el contrato con Codazzi no se perfeccionara hasta el 20 de diciembre siguiente). El plan de la obra preveía dos extensos textos explicativos (“Geografía Física” y “Geografía Política”), un mapa general de la Nueva Granada («dividido por Estados con especificación de los distritos, las cordilleras y el curso de todos los ríos; en la orla, una tabla sinóptica de las distancias; una vista comparada de las alturas de los principales cerros nevados y volcanes; otra del curso de los ríos navegables, otra de la altura absoluta y relativa de las ciudades y villas; finalmente, cuadros de población, su movimiento y su desarrollo, su estadística económica y otros») y un atlas físico y político compuesto de 52 cartas ilustrativas de la historia y geografía del país. Para llevar a término tamaña empresa, a Codazzi se le concedían 6 años de plazo –a partir del 1º de enero de 1850– y el sueldo anual de 3.321 pesos (contra fianza), con el cual debería sufragar los gastos de viaje.

Formación de la Comisión

A integrar la Comisión Corográfica –como se la llamó desde un principio– fue llamado también Manuel Ancizar, quien debería rendir informes sobre «la distribución de la educación, el comercio y la industria; sobre la forma y tenencia de las propiedades; sobre la población y los delitos». Además, debería escribir una obra en la cual se describieran «las costumbres, las razas en que se divide la población, los monumentos antiguos y curiosidades naturales y todas las circunstancias dignas de mencionarse». De los aspectos gráficos fue encargado Carmelo Fernández, venezolano, sobrino de J. A. Páez, quien había ya trabajado con Codazzi. El estudio de la «utilización medicinal e industrial de las plantas» fue confiado a José Jerónimo Triana, un botánico de 22 años de edad. (A lo largo de su existencia, de la Comisión hicieron parte Santiago Pérez, en reemplazo de Ancizar, Henry Price y Manuel María Paz, quienes relevaron sucesivamente a Carmelo Fernández, Ramón Guerra Azuola, Manuel Ponce de León, Indalecio Lievano, Domingo y Lorenzo Codazzi y José del Carmen Carrasquel –criado de Codazzi– cuyo desempeño fue tan importante que «su nombre merecía estar grabado entre los miembros más connotados de la expedición, si fuera lícito introducir entre ellos el de un humilde sirviente»).

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Imagen en miniatura - Volcán del Tolima, dibujo de Albert Berg
Volcán del Tolima, dibujo de Albert Berg

Las primeras expediciones

La Comisión se puso en marcha el 3 de enero de 1850 rumbo al norte. Regresó a Bogotá siete meses más tarde, al término de un trayecto que de Chiquinquirá, Vélez, Cimitarra, Socorro, Bucaramanga, Ocaña, Puerto Nacional y Tamalameque la llevó a Cúcuta y Pamplona. Al mismo tiempo, se adentró en la zona selvática que linda con Venezuela, levantó el mapa de la provincia del Socorro, y estudió el sistema fluvial que rinde sus aguas al Orinoco. Mientras en Bogotá se dedicaba a la elaboración de la cartografía y geografía de las provincias recién visitadas, Codazzi encontró el tiempo de redactar unos “apuntamientos” sobre inmigración, en los cuales indicó la Sierra Nevada de Santa Marta como la «región más apropiada para ensayos de colonización». Sin embargo, memorioso del experimento recién realizado en Venezuela, nuestro héroe cerraba su informe diciendo:

No concluiré sin hacer una observación que juzgo digna de considerarse. Pensamos en ofrecer al europeo tierras y protección para fundar colonias agrícolas que nunca podrán situarse en selvas calurosas que inutilizan comarcas enteras donde casi de golpe del hacha brotarían los cafetos, los árboles de cacao, la caña de azúcar, el añil, frutos apetecidos por el comercio extranjero que los paga con largueza. ¿Porqué no pensamos también en el agricultor criollo que ya se encuentra estrecho en las tierras altas de las provincias del Norte, y bendeciría la mano que lo hiciese propietario en otros lugares? A estos hombres endurecidos en el trabajo y acostumbrados a nuestros climas, deberían ofrecérseles también tierras regaladas y medios de transportarse a ellas, descuajarlas y labrarlas.

A interrumpir el trabajo de mesa, sobrevino la segunda expedición –3 de enero de 1851–, cuyo objetivo era el de explorar «la vasta cadena de montañas que se desprende de la cordillera Oriental, en el sur de las provincias de Tunja y Tundama, y se extiende hasta el valle del río Magdalena». El viaje tocó inicialmente el lago de Suesca, Chocontá, Ramiriquí, la laguna de Tota, Sogamoso y Gámeza, lugares de gran interés arqueológico, acerca de los cuales Codazzi redactó páginas de estimulantes observaciones. Acto seguido, la Comisión penetró en las cabeceras del río Chicamocha, rumbo a Soatá. De allí siguió hacia el macizo del Cocuy, trepándose hasta el nevado. Después de haber medido la altura de la cordillera desde su cumbre (4.783 metros), regresó a Soatá y seguidamente a Santa Rosa de Viterbo. Después tocó Paipa, pasó nuevamente por Sogamoso y siguió a Tunja y Villa de Leiva. Otras etapas fueron Ráquira, el desierto de la Candelaria y el sitio de la batalla de Boyacá. Entre otras cosas, Codazzi quería informarse sobre la explotación de las esmeraldas, por lo cual, una vez visitada la región de Guateque y Somodoco, se dirigió a Muzo, en las cabeceras del río Carare. De allí, siguiendo el valle del río Negro, llegó hasta Honda, y finalmente, por el camino de Pacho, regresó a Bogotá.

Entrega de los informes

El 5 de septiembre de 1851, Codazzi entregó un informe preliminar relativo a ocho provincias, el cual incluía ocho mapas y catorce cuadernos de anotaciones. El 27 de marzo de 1852 el Congreso lo ascendió al grado de coronel, para dar al «meritorio oficial una prueba de estimación, con la que fueron recibidos los primeros trabajos geográficos en las provincias del norte»; luego, el 29 del mismo mes, fue aprobado un decreto que le elevaba el sueldo a 4.800 pesos. A más de constituir una «prueba de estimación», el aumento procuraba atajar la renuncia del jefe de la Comisión, quien acababa de declarar: «Sin un aumento me veo forzado a abandonar una obra que con toda mi alma quería concluir pero que la falta de monis es la causa que yo renuncie a ese trabajo». Por cierto, no se trataba de avidez: días más tarde, doña Araceli recibió del marido –desde Río Negro– una carta en la cual éste decía: «Ya leí en la Gaceta Oficial el Decreto que dio el Congreso sobre auxilio a la Comisión Corográfica y el Presidente puede aumentar el sueldo, sin cuyo aumento no me sería posible proseguir, pues este año perderé como 800 o más pesos».

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Campamento de la Comisión Corográfica en Yarumito

Tercera expedición

Como las dos anteriores, también la tercera expedición se puso en marcha a comienzos de enero, esta vez rumbo a Ibagué, de donde, sin demora, siguió a Mariquita. La meta del viaje, escribe Schumacher, era el corazón de la Nueva Granada, es decir, el vasto territorio montañoso de las provincias de Antioquia, Cauca, Córdoba, Mariquita y Medellín. El ascenso del nevado del Ruiz y la medición de la cordillera requirió un mes, al cabo del cual Codazzi y sus colaboradores se trasladaron a Manizales (12 de febrero de 1852). El viaje prosiguió luego hacia Nechí, en la cabecera del río homónimo, y posteriormente a Río Negro. «En Medellín, punto principal de todo este imponente mundo montañoso, el levantamiento geocartográfico de Codazzi suscitó el más vivo interés, no solamente en el gobierno sino también en círculos privados; por lo tanto, en esta inteligente ciudad se le ofreció cuantiosa y efectiva ayuda». Allí nuestro héroe se encontró con Tyrrel Moore, un ingeniero inglés radicado en aquella provincia desde hacía 20 años, el cual «con paciencia digna de los más grandes elogios había a fuerza de triangulaciones sacado la posición geográfica de más de 50 pueblos»:

[Moore] tenía pues suma gana de ver lo que yo había hecho para confrontarlo con sus trabajos (...) Por otra parte, yo también tenía mucha gana de confrontar mis operaciones con las que había hecho un hombre inteligente en la materia, cosa que no me había sucedido desde que estoy trabajando en América.

Los cálculos de ambos coincidían perfectamente, lo cual hizo que el inglés quedara «tan contento como si hubiera ganado una gran lotería». Una vez dejada Medellín, la Comisión, siguiendo el curso del río Cauca, avanzó hasta Dabeiba, de donde –remontando el mismo río– alcanzó Santa Fe de Antioquia. En julio, luego de transitar por Titiribí y la región aurífera, volvió a Ibagué, y finalmente a Bogotá. El 20 de diciembre, Codazzi entregó a la Secretaría de Relaciones Exteriores los trabajos corográficos adelantados en los meses anteriores, a saber, «tres mapas de las Provincias de Antioquia, Córdoba y Medellín con sus correspondientes descripciones geográficas».

Cuarta expedición

El cuarto viaje, emprendido a comienzos de 1853, fue de los más largos y agotadores. En los últimos tiempos había vuelto a hablarse de la posibilidad de abrir un canal interoceánico a través del Darién, y una concesión en este sentido había sido otorgada a Edward Cullen, representante de la “Sociedad del Canal del Darién”. El proyecto de Cullen no prosperó, pero se asomó un plan alterno, que consistía en ampliar una supuesta vía de comunicación entre el río Atrato y el San Juan. Treinta y tres años antes, el mismo Codazzi, quien había transitado por esa región en desarrollo de su misión a Bogotá, había anotado:

[este istmo] es apto para ser cortado a fin de comunicar el río Quibdó con el San Juan, que desemboca en el océano Pacífico, y unir así, a través de estos dos ríos, los dos mares, el Atlántico y el Pacífico.

Para averiguar el real alcance de dicha vía fluvial, en enero de 1853 el cartógrafo bajó por el Magdalena hasta Barranquilla, de donde, en barco, alcanzó Turbo, en el golfo de Urabá (1º de febrero de 1853). En el curso de las semanas siguientes, se internó en el Chocó y llevó a cabo el estudio pormenorizado de la situación hidrográfica de la región. Como resultado, tuvo que admitir la práctica imposibilidad de abrir un canal navegable sirviéndose de los ríos. Por Nóvita y Baudó, Codazzi pasó luego a Buenaventura, Tumaco y Barbacoas. De este último pueblo se dirigió al altiplano de Túquerres, al que Humboldt llamara “el Tíbet de la América del Sur” (29 de mayo). Después de una etapa en Pasto, prosiguió a Popayán, donde efectuó la mensura del Puracé. A comienzos de julio, la Comisión, siguiendo la margen izquierda del Cauca, visitó Pitayó, Silvia, La Balsa y Cali; luego, pasando a la orilla derecha del río, tocó Buga y Cartago, a donde llegó el 2 de agosto. De allí, por el alto del Quindío e Ibagué, regresó a Bogotá.

mágenes

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Mapa de Panamá en 1850

Misión internacional

En el transcurso de los últimos meses habían llegado a la capital informes acerca de una inminente expedición internacional al Darién, patrocinada a la vez por los gobiernos de Estados Unidos, Francia e Inglaterra y por la mencionada “Sociedad del Canal”. Ningún permiso había sido solicitado a las autoridades neogranadinas, por lo cual la empresa se configuraba como una violación de la soberanía nacional. Sin perdida de tiempo, el presidente Obando resolvió entonces enviar a la bahía de Caledonia –donde se reuniría la flota internacional– un propio representante, «para patentizar allí la soberanía neogranadina» y, de ser posible, para «acompañar la primera expedición que pisase tierra». Codazzi recibió la orden de alistarse para el viaje, a fin de que acompañara, como representante de la Nueva Granada, a los enviados de las otras tres naciones. Nuestro héroe llegó a Cartagena el 18 de enero de 1854, y el 19 por la tarde salió para la bahía de Caledonia en una goleta de guerra inglesa:

Fui a tierra el día 24 con los Ingenieros [Cullen y Gisborne] y 50 marineros armados entre franceses e ingleses llevando cada uno 6 días de víveres... Habemos estado registrando montes y ríos durante 4 días caminando dentro del agua a veces a la rodilla a veces a la cintura. Las botas no me servían porque se llenaban de agua, y tenían un peso enorme... Es inútil describir los trabajos que pasamos, no hubo sino 6 o 8 que no se cayeron , yo fui del número de estos.

La expedición fue un fracaso. Los ingleses que desembarcaron del lado del Pacífico («una partida de 23 hombres entre marineros y oficiales») consiguieron sólo que los indios masacrasen a cuatro de sus compañeros. Una tragedia similar recayó sobre los americanos, 21 de los cuales se extraviaron por semanas, algunos de ellos para siempre. Como si esto fuera poco, se reveló ilusoria la posibilidad –defendida por Gisborne e impugnada por Codazzi– de abrir un canal en esa zona:

Iguales errores cometió conmigo el Dr. Gisborne. Creía estar en la cordillera y estábamos en un ramal, encontró aguas que iban casi en la dirección que se buscaba y creyó inmediatamente que al fin iban al Pacífico y se quejaba que yo no dijera que íbamos bien porque al contrario opinaba que se iba mal, que no habíamos pasado la cordillera, y que las aguas iban al Atlántico. A los dos días se convenció, porque estábamos cerca de los buques nuestros...

Explorando ambas costas del país

Sin embargo, el cartógrafo aprovechó la ocasión para explorar a fondo ambas costas de Panamá. En particular, realizó mediciones en las provincias de Chiriqui y Veraguas, acabadas las cuales se detuvo unos días en Colón. Después de haber examinado atentamente los planos y perfiles de la nueva vía férrea transoceánica, Codazzi emitió este acertadísimo concepto:

Un canal interoceánico Panamá-Colón (o Chagres) correspondería más que otro a las necesidades del comercio, ya que aquí se encuentra la parte más estrecha del istmo, en tanto sus elevaciones máximas no ofrecen mayor obstáculo.

Cuando, a finales de julio, nuestro héroe regresó a Cartagena, le esperaba la noticia del alzamiento en armas del general José María Melo, y de la conformación de tres ejércitos constitucionales, encargados de reestablecer el orden. El llamado “Ejercito del Norte” estaba comandado por Mosquera, el cual, a la llegada de Codazzi, le nombró jefe de Estado mayor. Este inesperado retorno a las armas duró hasta diciembre.

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Imagen en miniatura - Alrededor de la Laguna de Guatavita surgió la leyenda del Dorado
Laguna de Guatavita. Alrededor de la esta laguna surgió la leyenda del Dorado
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Retrato de Manuel Ancízar

Perdido en la selva

En el curso de 1855, la Comisión se limitó a efectuar mediciones en la región del río Bogotá, por debajo del salto de Tequendama, de donde se trasladó a la cuenca del río Sumapaz, para de ahí regresar a la Sabana, pasando por Pandi. Después de haber medido el macizo de Chingaza, la séptima expedición se dirigió hacia el interior del llano, vía Villavicencio (18 de diciembre de 1855), Cumaral y San Martín. Visitó las lagunas del Monacacías y del Uva, navegó río Meta abajo, luego –debido a las fiebres que atacaron así a Codazzi como a otros miembros de la Comisión– replegó sobre Moreno. «Allí, una vez repuesto de su mal, [el cartógrafo] cabalgó a través de las llanuras y de las riberas de los ríos, por las del Casanare hasta la localidad de Arauca». En la vía del regreso, tocó de nuevo San Martín, luego Gachalá y Gachetá. Llegó a Bogotá el 12 de marzo de 1856. El 1º de enero de 1857, después de haber realizado mediciones en Neiva, Codazzi, en compañía de un curioso explorador negro, Miguel Mosquera, enfiló el camino del Caquetá, una región casi desconocida. Una vez cruzado el río Sauza, iniciaron el ascenso a una alta montaña, y –anota Schumacher– «no tardaron en entrar en la selva infinita». Escribe a su vez Codazzi:

Sólo nos rodea una inmensa masa vegetal. La naturaleza se burla de quien dice que el hombre es el dueño y señor de la creación, pues ella destruye toda esperanza de ser salvados, proscribe pueblos enteros. Desde una loma se avista el horizonte: no se ve nada más que un inmenso mar de color verde oscuro, del cual emergen, a manera de islas, algunas alturas más claras, pero siempre de color verde. La gigantesca espesura del follaje no deja ver ni el suelo que lo alimenta ni el agua que lo abreva; el monótono silencio sólo es interrumpido en la selva por el bramar de los animales salvajes, por la gritería, el silbido o el canto de las aves...

Retorno a Bogotá

El viaje prosiguió hacia Mocoa, luego a la cuenca superior del río Putumayo. El interés que guiaba a Codazzi en esta oportunidad, observa el biógrafo alemán, no era geográfico: era más bien el problema indígena. El ex-artillero lo sintetiza así:

He visto diferentes tribus de la población autóctona de la Nueva Granada, he conocido muchas de sus actuales costumbres y actividades, y he podido formarme un concepto. No encontré señal alguna de que se hubiera cumplido desde los tiempos del descubrimiento una mejora en el orden espiritual o social en beneficio de aquellos indios que no se conservaron al margen del mestizaje.

Después de cruzar el páramo de las Papas –«teniendo siempre delante de los ojos la enceguecedora cumbre nevada del Puracé»– Codazzi regresó al valle del Magdalena, y el 4 de abril llegó a Timaná. Allí visitó y analizó con sumo cuidado las ruinas de San Agustín, acerca de las cuales redactó después un interesante estudio. Siguió con sus mediciones por el Tolima y el Huila y el 18 de junio estaba de nuevo en Bogotá. Un año más tarde, el 11 de junio de 1858, Codazzi entregó a Manuel Antonio Sanclemente, miembro del gabinete, los mapas terminados de 6 de los ocho estados en que estaba dividida la recién creada Confederación Granadina. En el curso de los últimos meses las cosas, para el cartógrafo, habían cambiado para peor, comenzando por la escasa sensibilidad “corográfica” del presidente Mariano Ospina. Ante el trato insolente y ciego que el gobierno reservó a su propuesta de terminar cuanto antes el levantamiento de la región costera, Codazzi contestó:

Yo estaba convencido que el carácter de la obra por mi iniciada era más elevado que el de un simple contrato, y que merecía que se la tratara con cierta consideración y deferencia (...) estaba equivocado: no trabajaba a fin de obsequiar a la nación una obra científica, para cuya ejecución el dinero, si bien se hallaba de por medio, no debería considerarse como pago de servicios, sino como una ayuda para concluir la obra. Me di cuenta que no se trataba de un monumento en honor y beneficio de la Nueva Granada, sino que se la veía como una de esas tantas cosas que diariamente se compran y se venden. Tamaña desilusión es una crueldad para un hombre que ha buscado su gloria en hacer conocer al mundo culto estas tierras todavía no exploradas.

Amargado e insatisfecho, Codazzi advirtió entonces la necesidad de someter su propio trabajo a una profunda revisión crítica:

Aunque me halle en los días de mi vejez, debo viajar a París a fin de poder concluir mis trabajos, ya que aquí no cuento con la ayuda crítica de nadie. He de hablar con hombres como Boussingault, Schomburgk y Humboldt. Tengo que visitar asociaciones científicas y académicas. Tengo que empezar desde el principio. Si así no lo hago, todas mis fatigas y dedicación habrán sido en vano. En nuestros días, quien trabaje aislado no podrá ser útil al mundo.

Muerte de nuestro héroe

Al igual que a Caldas –anota Schumacher–, a Codazzi, en un momento dado, llegó a dominarlo un «sentimiento de insuficiencia»; al cual, finalmente, «se agregó la añoranza de la tierra natal, que a lo largo de la vida acaso ningún italiano logre vencer del todo». (Pero, tal vez, se tratase tan solo de un arraigado pesimismo o, si se quiere, de un elemental como lucido realismo). A finales de 1858, «sin ningún anticipo ni ayuda monetaria del gobierno», Codazzi emprendió su última expedición, acompañado únicamente por Manuel María Paz. De Honda pasó a Badillo, visitó la ciénaga de Simití y posteriormente la de Zapatosa. De Chimichagua se dirigió a la serranía de los Motilones, y el 20 de enero llegó a espíritu Sa, «desde donde el camino hacia Valledupar y hacia la tan ansiada Sierra Nevada se presentaba expedito». Mas no estaba escrito en los astros que nuestro héroe la alcanzara. Escribe Luis Striffler:

Apenas hube pronunciado el nombre de Codazzi, don Oscar Trespalacios exclamó: Codazzi llegó a mi hacienda de “Las Cabezas” con su comitiva, sus sirvientes y seis soldados; ya estaba sufriendo de calenturas tercianas, por lo cual le aconsejé que se curara antes de seguir. En mi casa había ciertas comodidades y recursos para una asistencia regular, pero él manifestó mucha impaciencia por concluir su Atlas lo más pronto, para lo cual sólo le faltaba medir y dibujar a Magdalena y Bolívar. De mi hacienda de “Las Cabezas” tiró la primera línea de sur a norte, y después dispuso trasladarse al “pueblecito” que es el nombre que aquí dan a espíritu Santo, adonde lo acompañé: allí se agravó. Corrí al Valle a buscar al señor Pavajeau que ejerce allí la medicina y cuando volví ya Codazzi estaba postrado. Tres días después Colombia había perdido a su geómetra...

Era el siete de febrero de 1859, un viernes. Así murió Agustín Codazzi, a los sesenta y seis años de edad, mientras una vez más se adentraba en la zona Torrida. Murió solo, o quizás de soledad, como todos los enfermos de mal de América... pero, ¿cómo fue Codazzi en vida? Que lo diga Ancizar (en carta a P.Fernandez de Madrid, desde Socorro, el 5 de mayo de 1850):

Las benévolas palabras del Secretario en su informe, cuando habla del señor Codazzi, han penetrado hasta el corazón de este hombre tan modesto como sabio en su profesión, y le han afirmado en su resolución de dotar a nuestro país con una obra que sea testimonio de su cultura. Han sabido ustedes cautivar a nuestro geógrafo de una manera más completa que dándole tesoros. Mal apreciado y perseguido en Venezuela, veo con orgullo que la Nueva Granada le honra y considera cual lo merece un veterano de las ciencias positivas. Al recibir el informe lo llamé, y sin preámbulos comencé a leerle los párrafos del capítulo “Comisión Corográfica”, observando la impresión que le producían.
El digno Coronel oía con la cabeza baja y acariciándose el bigote; su emoción crecía por grados, y cuando concluí, se levantó silencioso y se fue a su cuarto. Aquel silencio decía mucho; su pronta retirada significaba aún más; y al cabo de un rato se oyó su voz rejuvenecida entonando canciones aprendidas en el ejército de Napoleon, lo cual en el señor Codazzi es la más alta expresión de regocijo...

 






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